Una tarde de lectura y contemplación en un café sin particularidades lleva a una crítica de la economía literaria. Un contrapunto entre lo que pasa en los textos, lo que pasa afuera, lo que pasaba antes de llegar a China. Octava entrega de las crónicas de Carlos Regueyra Bonilla, tomadas de su diario de viaje Junto al río Fuhe.
Estoy en una cafetería cerca de mi apartamento, camino al río. Suena un jazz todo genérico. Escribo en el reverso de un cuaderno. A mi izquierda hay un tipo de botas, pierna cruzada, chaqueta de cuerina y anteojos, frente a una computadora, programando. A mi derecha hay una chica con un abrigo holgado, unas tenis rosadas, un pantalón ancho a media pierna, frente a una computadora, diseñando unos diagramas.
Me traje un libro que he estado leyendo, una antología, porque quiero escribir un artículo al respecto, sobre los perros en cuatro de los cuentos. Pero hace un rato me puse a leer el borrador de una novela que me mandó un mae cuyo tema central es el duelo por la muerte de su padre.
Uno de los méritos de ese texto es el lenguaje coloquial, urbano, cargado de referencias a la cultura popular y de los memes.
Frente al café pasa una señora de la etnia tibetana, con sombrero y un collar colorido entre las manos, encorvada. Entran tres muchachas lindas y se acentúa la sensación de la que me interesa hablar: este contraste entre las escenas heredianas y desamparadeñas sobre las que leo en mi celular, que me conmueven, y esto que está pasando aquí y ahora, alrededor.
Se trata de cuatro cuentos de una antología que publicó Mil gotas en la que se alternan cuentos de autorxs latinoamericanxs con los de autorxs chinxs. Todos los cuentos son sobre animales, pero solo cuatro sobre perros.
En la novelita que estoy leyendo hay una escena que me parece hilarante. El ma tiene dos invitados en su apartamento con los que está, digamos, enfiestándose, y no tiene para ofrecerles más que pan cuadrado y Fabuloso, que es una marca de desinfectante. Suelto una risilla que me hace salir de la lectura y darme cuenta de que en el equipo de sonido del café está sonando un villancico.
Uno de los cuentos sobre los que me interesa escribir se llama «Matar un perro», de Samantha Schweblin. Es el acontecimiento principal, se entiende, y los perros son allí impredecibles y amenazantes. Y rencorosos. “Después los perros saben quién fue y se lo cobran”, le dice un borracho al protagonista.
Los cuentos chinos fueron traducidos por Pablo Rodríguez Durán y Antonio Rodríguez Durán. Supongo que serán hermanos.
Las chicas de la cafetería no paran de tomarse fotos entre sí en diferentes poses y locaciones dentro y fuera del local. Su performance me distrae, me saca de la lectura y me hace recordar que la Editorial Costa Rica me pidió que les cediera un cuento para una antología a cambio de tres ejemplares.
Entonces me pregunto cómo habrá sido el proceso de adquisición de los derechos de publicación de esta antología. ¿A Samantha Schweblin, a A Yi, a Washington Cucurto, a Ma Boyong, les habrán pagado sus respectivos cuentos con tres ejemplares? ¿Con cuatro? ¿Y a los presuntos hermanos Rodríguez Durán, por sus traducciones?
Otro de los cuentos que me interesa comparar es de Dong Xiaqingqing, una escritora que nació en Pekín pero creció en Changsha. Ciuenta la historia de un batallón enviado a patrullar y hacer ejercicios militares en los confines nevados de Xingjiang, a quienes por un rato acompaña un perro que se llama Heibai, igual que el cuento.
El café se me enfrío a medio tomar.
En la novela, que es menos una novela que un registro autobiográfico del duelo, el futbol es el puente entre el narrador y su padre. Mientras leo sus descripciones de partidos de Saprissa de la época de mi infancia y adolescencia, algunos de los que tengo un recuerdo preciso, pienso en la falta que me hace jugar futbol.
Jugar futbol, leer, hablar sobre literatura, coger, alcoholizarme con amigxs, comer rico y hablar sobre arte y política eran actividades que me ayudaban a sostener la cotidianidad y que ahora ejerzo mucho pero mucho menos de lo que quiero, de lo que necesito, de lo que debería y de lo que merezco.
Las tres chicas del café se fueron, pero hace un rato llegó una pareja que está en las mismas. Un chico y una chica. Tras verlos interactuar un rato me percato de que en realidad no son pareja, en el sentido sexo afectivo o no matemático del término. Han llegado otras chicas al local y al parecer todas alguna vez, al menos, se toman fotos.
Yo hoy me puse una camisa que me gusta y quizás debería decirle a alguien que me retrate para ilustrar este momento.
Tomo apuntes acerca de la novelita y pienso en la función del futbol para la masculinidad costarricense y latinoamericana.
Recuerdo que en 2019, para una Feria del libro que se combinó con el Festival Centroamérica Cuenta, pusieron a Martín Caparrós, a Edmundo Paz Soldán, a Luis Chaves y Adriana Sánchez en una charla sobre futbol y literatura. Yo había entrevistado a Caparrós un día antes y me dijo que estaba harto de que lo pusieran a hablar acerca de futbol, que alguna vez había escrito algo al respecto pero que en realidad no le interesaba tanto. Y llevó esa incomodidad o ese resentimiento a la charla.
Dijo que el futbol le tiene las bolas realmente llenas porque estaba harto de que lo invitaran a conversatorios para hablar de futbol.
“En mi casa las únicas dos o tres veces que me he abrazado con mi padre fue por una final del equipo Club Sport Herediano”, dijo Luis. Adriana, por su parte, dijo que había escrito un libro sobre futbol como una manera de reafirmarse con su papá.
“Ya veo cuál es la función del futbol en Costa Rica: acercarse al papá”, dijo Caparrós.
El mío se tomó un día de estos una foto con mi mama en la que recrean una foto de la década de 1980 para el montaje que están breteando con mi hermano. El futbol, aunque a ambos nos gustaba jugarlo, nunca fue nuestro tema central sino otro que podríamos englobar como Historia de la Revolución, con mayúsculas, o historia de las pretensiones de revolución, si me pongo más preciso y minúsculo.
Llegaron más chicas lindas al café, pero me quedan detrás de una columna y no puedo ver si se toman fotos. El local es todo simplón y sin gracia, y no puedo entender por qué tanta afición a fotografiarse en este escenario, pero son tantas las cosas que no puedo entender de esta circunstancia que esta es una menor, irrelevante.
«Días perros», de Cao Kou, intercala las historias de dos perros. Uno se llama Zhangfei, es un perro de pueblo; el otro, Carroza, un pastor escocés que es adoptado por el viejo Wei, que había sido poeta en su juventud, se había dedicado a los negocios de bienes raíces y se forró de plata, junto a una jovencita de apellido Chen, con quien vivía después del divorcio.
Este relato no solo traza un paralelismo entre ambos perros, sino que arroja numerosas comparaciones con los humanos.
“Sí, sí, por supuesto que hay que comprar los derechos y después pagar al traductor”, me dijo Guillermo Bravo, editor de Mil Gotas, cuando le pregunté al respecto. “En este caso no les pagamos por porcentajes de ventas. Les dijimos cuánto sale el cuento, y lo pagamos”.
Los amigos son como muebles, dice el narrador de «Días perros». “La relación que tienes con tus muebles es la misma que deberías tener con tus amigos”, dice.
El café lo cerraban a las 6. Pasé al apartamento a dejar el libro y el cuaderno, a mear y esperar un poco a que pasara la hora del llenazo en las ventas de comida y ahora escribo en el celular.
Guille Bravo me preguntó por qué le hacía tantas preguntas tan precisas.
Después de cenar me fui a caminar por una de esas áreas peatonales que bordean el río y me topaba pura gente mayor.
Entonces se me ocurrió que podía enviar a la Editorial Costa Rica un cuento que empezara así:
–Solo podemos darle tres ejemplares –me había dicho la Jefa de Producción de la Editorial. –No podemos pagar más.
Entonces les voy a dar un cuento que valga lo que tres libros, pensé, pero no lo dije, porque ese tipo de ideas hay que maquinarlas. Tres libros de los de ustedes, añadí para mí.
Me puse a escribir los primeros párrafos de ese posible cuento mientras sentía que la pierna de pollo, el arroz y las verduras de la cena me burbujeaban en la panza.
Había pensado ir caminando hasta Lan Kwai Fang, que es una calle de bares, para tomarme algo ahí y ver qué. Tal vez bailar o solo ver gente bailar. Desguazar la noche. Pero preferí quedarme prudentemente cerca del apartamento porque aquel efecto burbujeante no parecía benigno.
Mientras caminaba de regreso, una garza que estaba parada sobre una baranda al lado del río, a la que no había visto, hizo un movimiento brusco. Esto me hizo percatarme de que ahí estaba, a un par de metros de mí, mirándome con un solo ojo, atenta. Yo me quedé ahí, de pie, devolviéndole la mirada, hasta que decidió alzar vuelo.



