Reseña. Nuevo episodio de la crítica de la crítica de la crítica. Juan Álvarez Tolosa retoma un concepto ajeno para leer el nuevo libro de Carolina Sanín (Bogotá, 1973) como una ensalada de temas y procedimientos. Ensayos que piensa y a la vez sirven de marco para contrabandear narraciones. por Juan Álvarez Tolosa
Hay un texto del 2023 en el que Quintín escribe sobre tres libros del chileno Benjamín Labatut. Dice que es un gran representante de un género al que llama “ensalada”: obras que “mezclan de tal modo lo que es con lo que no es, lo personal con lo metafísico, la ciencia con la fantasía, la descripción con la anticipación, y lo hacen de un modo tan fragmentario, tan parecido a un picadillo”. En el caso de Labatut, el ingrediente principal de sus ensaladas es el conocimiento científico, genios locos, controversias de la física, problemas matemáticos imposibles. En La voz del buey, Carolina Sanín hace otra ensalada con temas del lenguaje, de la literatura, la lectura y la interpretación.
Los primeros capítulos del ensayo invitan a pensar que se trata de varias cosas en particular: la historia de la lectura, ideas para escribir, el rol de la mujer en la literatura, las fallas del lenguaje, las etimologías. Pero el desvío siempre gana. Cada uno de esos temas sirve de excusa para ensayar acerca de grandes clásicos como lo son el Quijote, la Vida nueva, Las mil y una noches, la Biblia o el Decamerón, y de ellos pasar a tratar aún otra cosa.
El ensayo en su totalidad, como pasa con las palabras particulares de las que abre connotaciones y encuentra cruces inesperados en las raíces del castellano, sirve a su vez para ensayar, literalmente. Prueba hipótesis y las estira hasta sus límites. Desde la mitad del libro, Sanín habla cada vez más sobre los libros de relatos enmarcados y, para ejemplificar, narra algunas de las historias de aquellos libros. Así, retoma el recurso de esas mismas obras (el reciclado de historias populares, de otros autores o de otras culturas) y a la vez hace que este libro de supuestos ensayos se vuelva un marco para la narración.
Si bien casi todos los capítulos son ensaladitas de por sí, hacia el final Sanín le dedica un capítulo entero solo a un relato autobiográfico. Cuenta sobre sus veranos en una isla a la que iba de chica con su familia, una isla paradisíaca desconectada del continente y llena de personajes misteriosos y divertidos que recuerdan a los cuentos marítimos de Stevenson. Pero algo más pasa en este momento. El relato autobiográfico llano toma otra relevancia, otra emoción, gracias a la polisemia a la que lo somete su contexto. Todas las variaciones anteriores, los devaneos etimológicos y las transposiciones de significados sirven como un prólogo para este recuerdo que en soledad pasaría desapercibido, pero que entonces toma un nuevo sentido. Lo que antes era ensayo elevado, intelectual, acá dota a la narración de un poder evocativo mucho mayor: los personajes parecen ser representaciones de conceptos que se trataron antes, la isla parece un escape más entre todas las fugas del libro, las anécdotas insertas en el relato tienen una especie de teoría que las acompaña. Para continuar la analogía de Quintín, Sanín le mete un condimento a la ensalada que modifica a todos los ingredientes y los unifica a la vez.
Hasta ese punto, La voz del buey era un libro de crítica literaria. A partir del capítulo de la isla, se vuelve un libro de crítica sobre la crítica, una reivindicación, un ensayo que expone sus ideas sobre literatura y que, como último truco, muestra en la práctica que esas ideas pueden hacer hablar a los relatos, hacerlos decir mucho más de lo que ellos tienen para decir por sí solos.

Carolina Sanín
La voz del Buey
Ampersand
2025
224 pp.


