El poeta y crítico mendocino encara una lectura de Franz Kafka en un largo ensayo, que publicamos en seis partes. Tercera entrega: los mecanismos de obediencia y jerarquía que atraviesan el universo kafkiano. Entre la súplica y el sometimiento, la comicidad de Kafka anticipa por momentos el cine de Chaplin y Buster Keaton.
El caso Amalia. Sortini/Sordini. Humillación, sumisión.
Esto es lo que atormenta y desubica a los demás con respecto a Amalia, esa persona de la familia de Barnabás, el mensajero, que observa a los otros como si estuvieran detrás de sí mismos, traspasa su mirada por el costado de las personas que observa y esto, al ser notado por ellas, las perturba. Debe haber un detalle más apático a sus lados que capta su mirada. Es esta Amalia quien tiene la capacidad de ser seria e irónica al mismo tiempo. Es esta Amalia quien produce en K. aversión, misterio y desprecio. Es ella quien no se ha dejado ultrajar por funcionarios del Castillo, siendo indiferente y opuesta a sus deseos, y quien por eso, y con ella toda su familia, ha sido castigada.
Sordini, Sortini, la sumisión y el desprecio en la escritura de Kafka. Está el desprecio como figura retórica, pero los personajes lo hacen, desprecian, de una manera que no toca las fibras particulares de los seres despreciados, el ser íntimo de estos no se ve tocado; el desprecio de los despreciadores es momentáneo, de alguna manera Kafka comprende que lo rebatible en otra persona dura poco tiempo y que después hay que pasar a otra cosa. Hay cierta inocencia, pero no ingenuidad, en esto, en este proceder; y esta liviandad pesada es transmitida a sus personajes. No ocurre lo mismo con la sumisión, por lo menos no de una manera lineal. La sumisión es más duradera y está presente en las ideas mismas generales de las novelas. Está en el comienzo de El Proceso, está también en el mandato al destierro de Karl Rossman en América, pero también en la sirvienta que quedó en Europa esperando un hijo suyo; está presente en cada momento de El Castillo. Aquí siempre hay jerarquías que respetar, pasos que cumplir, metas que se deben imaginar, decepciones que aunque todavía no se cumplan y quizás no lleguen a cumplirse, habrá que aceptar. Y dentro de la sumisión está la comedia, el paso de baile circense. Están Sordini y Sortini. Cuando Olga cuenta a K. el origen de la caída en desgracia de su familia (ella es hermana de Barnabás, el mensajero, y de Amalia, la castigada), nombra a un tal Sortini como la causa. Ese tal Sortini le hizo una propuesta al parecer indecente a Amalia, que esta no aceptó. Entonces K. le dice a Olga que ha escuchado hablar de ese funcionario del castillo. Olga le replica que es imposible, que Sortini es muy reservado y que se deja hablar por muy pocos, por nadie en realidad. Le dice a K. que tiene que haberse confundido con Sordini, que es un funcionario más conocido, más dado al trato con los demás si se puede decir, y que lo único que se sabe de Sortini es que su apellido se parece al de Sordini, de no existir este parecido en el apellido, sería con probabilidad completamente desconocido. Sortini siempre estuvo relegado a un segundo plano, no como Sordini, aunque Sortini sea de igual estimación o más para los engranajes del castillo. Pero Sortini «Es un señor pequeño, de complexión débil, ensimismado, algo que llama la atención a todos los que de alguna manera advirtieron su presencia, fue la forma como se le arrugaba la frente, todas las arrugas -y eran abundantes aunque seguro que no pasa de los cuarenta- se extendían en forma de abanico directamente por la frente hasta el entrecejo«. Qué extraño que alguien reservado, poco visto, sea conocido en estos mínimos detalles. O capaz sea por esta posibilidad de ser observado máximamente en su nimiedad, por lo que evita el contacto y el ser visto. Pero el caso de la sumisión o humillación es sufrido por Amalia, la hermana de Barnabás, el mensajero, y de Olga. El tal Sortini se ha sentido movido hacia Amalia en la fiesta de Bomberos que se hizo en un salón. Y le ha después enviado una carta exigiéndole que se presente en el Castillo porque quiere verla. Amalia rechazará la oferta y será por eso castigada. Pero no es la única sumisión/caída que se da a partir de esta situación. El padre de Amalia, que era, entre otras cosas, bombero, y había diseñado una bomba contra incendios que justamente se exponía en esa fiesta con todo éxito, no puede soportar la humillación que ha sufrido después de este suceso, del rechazo que ha hecho Amalia a esa invitación, del parqueo que le ha hecho a un funcionario, al que no se puede humillar, ningún funcionario puede serlo o sufrirlo, y entonces, el padre de Amalia envejece totalmente quedando postrado a partir de ahí, de ese momento, sin poder valerse por sí mismo ni para comer ni para moverse. Doble humillación y sumisión, cada hecho multiplica lo que se calló con anterioridad. El padre de Amalia debe pensar secretamente que ella es culpable de esto y de su caída en la invalidez, aunque pobre, tres años después del suceso, no puede razonar. Apenas balbucea y lucha por llevarse el tenedor con comida a la boca, sin poder hacerlo, es esta ahora su batalla. Toda la novela es la historia de una sumisión, la de K. que pareciera arrastrar a las demás, que se van sucediendo, esto es un juego de cartas (de naipes), hoy le toca a él, mañana a vos, y eternamente así. Sumisión también para el ser humillado por el trato con la vida, como es Sortini, pero no por el contexto particular de esa vida por ser funcionario del castillo. Que nadie se atreva a preguntar cómo llegó a ser funcionario un tipo tal como Sortini. Vendría una explicación de Kafka. Pero es que los funcionarios son espectros, son nombres. En Kafka esto resulta perturbador porque se nota que como narrador no se lo toma en serio pero que a la vez no está jugando. Se le va la vida en esos párrafos.
En el cuento «La colonia penitenciaria» se dan muchos elementos que aparecen en El Castillo. El tema de la sumisión por ej. cuando el oficial ya ha decidido sucumbir él mismo dentro de la máquina se da una situación entre los otros tres personajes del cuento, el explorador, el soldado y el condenado en el que se notan las jerarquías: “El explorador se sentía molesto. Se había decidido a quedarse hasta el final, pero no había podido soportar por más tiempo la vista de esos dos. -Váyanse a casa, les dijo. Quizás el soldado le habría obedecido, pero el condenado [que ya había sido liberado de su condena] tomó la orden como un castigo; con las manos juntas pidió llorando que lo dejase estar, y cuando el explorador se negó meneando la cabeza llegó hasta ponerse de rodillas ante él” (Relatos completos I, traducción de Francisco Zanutigh Núñez, ed. Losada, 1996, Buenos Aires). Todo esto recuerda un poco el comportamiento de súplica de los ayudantes frente a cada reprimenda de K., frente a cada advertencia suya debido a ese estarse ridículo de ellos junto a él. K. olvida que cumplen órdenes por estar de servicio. Los lectores no lo saben. Solo lo harán cuando Jeremías muestre su verdadero rostro. Pero en esta relación, qué grado de responsabilidad le cabe a K., ¿no fue él el que llevó las cosas a este punto?, ¿no creó él ese grado de sometimiento al querer saber, con exhaustividad, lo que pasaba?
Por lo demás todo es absurdo. Gestos y hábitos de los ayudantes de K., que se comportan como autómatas maníacos e infantiles, incapaces de razonar. ¿Por qué molesta tanto el absurdo? Escuchado decir a la gente, no, esto no lo leo. Pero este es un absurdo que sí tiene su razón de ser, su sentido; todo enmarcado en un delirio sanador, peor que el de los sueños. Los ayudantes de K., que le han sido impuestos, y que no son los que él creía que vendrían después de su llegada al pueblo, a estos no los conoce, además ellos dicen no saber nada de agrimensura, bueno, estos ayudantes están todo el tiempo encima de K., quieren observar todo lo que él hace, y están encima de Frieda también cuando esta se va a vivir con K. Siempre están saltando, moviéndose ridículamente, siempre en el plano secundario de su fingida estulticia. Son, a pesar de molestos, inocentes, de una inocencia invasiva, y se les puede disculpar, hasta que dejan de estar de servicio y se convierten en siniestros y moldes de un vacío impreciso. Es estar delante ahora de unos ojos, de una boca, de unos brazos que se mueven, que explican sin emoción. El ayudante Jeremías, al dejar de estar al servicio de K., ha envejecido, y su piel tiene arrugas que antes no tenía, habla ahora juiciosamente y con dureza y le cuenta entre otras cosas a K. que ahora Frieda está con él, que él la ha ido a buscar y se la ha traído consigo.
Leer a Kafka puede parecerse en algunas partes a la experiencia de ver una película de Chaplin o de Buster Keaton, por ej. cuando en su novela América el protagonista Karl Rossman corre por las calles de Nueva York atestadas de edificios y de comercios, escapando de la policía, dobla en una esquina, dobla en otra, siempre perseguido, hasta que al llegar a otra calle más estrecha, es tomado del cuerpo por alguien que lo atrae hacia sí y lo mete en una especie de callejón o de pasillo interno, en el que estará por el momento protegido. Este alguien es su conocido Robinson, y lo salva de la persecución. Este callejón o pasillo entre las casas da a otro mundo, patios internos, ropa lavada secándose al sol. Entonces cómo hizo Kafka, quien no conoció EEUU, no vio el cine de Buster Keaton ni de Chaplin, para imaginar una escena tan parecida a las que después filmarían estos dos. Cómo hizo Kafka para prefigurar esta especie de Road Movie que es América, adelantándose también, con menos palabras y descripciones, al famoso En el Camino, de Kerouac.
«Gags, la fragmentaria», le pondría yo a un negocio en la ciudad, sin importar lo que en él se vendiera.
La precariedad presente, también a la inversa en las frases de Kafka, tomado él como si fuera un músico tocando en la vereda cualquier instrumento y convirtiendo eso en miradas de miradas, limpias, derretidas, sucias y dispuestas; voces también, respiración, jadeos teóricos cuando son necesarios.



