El poeta y crítico mendocino encara una lectura de Franz Kafka en un largo ensayo, que publicamos en seis partes. Última entrega: la forma de la verdad en El castillo. ¿Es el de Kafka un narrador confiable? ¿Se puede deducir de las conductas de los personajes un aspecto de su mundo que no aparece en las palabras, o que incluso las contradice? «La gran risa de Kafka se interrumpe con su tos tuberculosa».
Cómo podemos saber con certeza que el personaje K., del castillo, es realmente agrimensor. Quién puede certificar eso, si Kafka nos dice poco de su pasado. Quizás K., el personaje, inventa de sí mismo que es agrimensor. En El Castillo nunca realiza un trabajo de este tipo. Quizás se haya mostrado con una chapa de alguien que no es para que nadie se pregunte o quiera averiguar quién es en realidad. Al decir que tiene un oficio, por el que al parecer ha sido contratado, las mentes de los demás se tranquilizan, dejan de intentar averiguar, se paralizan de alguna forma en ese aspecto. Pero también empiezan a cuestionar a esa persona mientras no ejerza su oficio, esa persona ajena al pueblo, que nunca ha sido del todo aceptada, y que ha venido de alguna manera a perturbar, tan solo por no ser de ahí. Pero con qué objetivo fingiría esto K. La idea que pareciera estar detrás de todo esto es «rindo, soy eficiente, pero no cuando se espera de mí que lo haga». Pero no por voluntad de quien prefiere no realizar alguna acción en un momento determinado, sino más por la equivocación de las miradas hacia esa persona en algún otro momento determinado. Los observadores han sido testigos en un instante en que no tendrían que haberlo sido. Si lo hubieran hecho unos minutos después o unos minutos antes quizás su testimonio habría sido preciso, pero fallaron, una vez más. Y esto tanto para K., si es que ha inventado su oficio, como para el resto de los personajes del libro, quienes cuando el lector hace foco en ellos empiezan con su elocuencia a relatar lo que ha sucedido y lo que podrá suceder, y no escatimarán para eso detalles de la conducta de otras personas (detalles que no menoscabarán realmente ni la vida ni las costumbres de esas personas, no habrá fragmentos denigrantes, o sí, pero la denigración caerá no solo sobre el personaje denigrado, sino sobre la humanidad en general, y este es el gran talento de Kafka: mediante lo pequeño describe también lo grande), y después, cuando el lector pasa a otra cosa, se apagan automáticamente. El volumen de la novela espera pacientemente ser abierto.
Es verdad que si el narrador dice que K. es agrimensor, tenemos que creerle, pero ya que la novela no está terminada, capaz antes de finalizar nos enteraríamos de que no es así, de que K. es en realidad un martirizador de oficio, no tanto de los demás como de sí mismo, pero también de los demás. ¿Por qué K. siente desprecio real y rechazo irreversible solo hacia un personaje, hacia Amalia? Quizás por su manera de ver las cosas y las figuras humanas desde su contorno y no desde su centralidad. Amalia mira a las personas como si la esencialidad de sus cuerpos y sus almas estuviera por fuera de ellas o a un costado de ellas. Este es el único personaje de la novela del que K. se siente moralmente lejos. Amalia, con su mirada apática y lateral es capaz de lograr el distanciamiento supremo, el que le gustaría tener a K., como forma de llegar a una serenidad mayor. K. también está alejado de los funcionarios de El Castillo, pero en este caso la barrera le ha sido impuesta, y aunque moralmente también se sienta distanciado, su desprecio hacia ellos podría hipotéticamente terminar una vez haya logrado ingresar al lugar, siempre al sitio menos relevante del lugar. Quizás lo que se propone K., el falso agrimensor, sea atormentar sobretodo a Amalia. ¿Pero en ese atormentar a los otros, no está siendo también atormentado por ellos? ¿Y los tormentos que mutuamente se infligirían, no serían fácilmente solucionables? Bastaría con que cada quien dijera no que todo esto no tiene sentido, sino que solo haría falta correrse hacia el lado de un compromiso mayor o de uno menor. ¿Se puede tener un compromiso mayor que el que tiene K.? El quiere saber lo que está pasando. Solo al final de lo inconcluso empieza a sentirse extenuado, empieza a dejar de intentar.
Podemos entender la extenuación de K. hacia el final del libro que no termina. Las hazañas verbales, de las que habla Borges en el prólogo de…, han sido tales y tantas a lo largo de la novela, y K. ha tenido que navegar entre ellas, que a la altura de la página 400 sus fuerzas no son las mismas. Ha sido llevado y traído por las réplicas del lenguaje, por ese océano de corrientes contrarias. Lo difuso de su personalidad se vuelve más difuso todavía, empequeñecido pero no torpe a causa de tantas exposiciones, de tantas arengas que llevan a la derrota y se saben victoriosas por eso, de tanta risa observada y oculta; empequeñecido arquitectónicamente por la presencia fantasmal del Castillo, su durabilidad en ese mundo es vidriosa y débil, y fuerte a la vez, mantenido por su propia hazaña -él cree que con sus formas lúcidas y justificadas de actuar termina siendo un gran orador-. Lo que no ve es que está sometido a un intercambio incesante de respuestas, venidas desde cualquier ángulo surgido desde cualquier lugar, y de preguntas a las que se cree obligado a contestar. Fatigado además porque nadie sabe si la acción que realiza es la que su función clasifica como tal, por ejemplo, Barnabás recibe para su despacho «cartas muy viejas». El no sabe si estas cartas proceden con certeza de Klamm, no sabe si las oficinas que pisa, siendo autorizado para eso como mensajero, son realmente oficinas del Castillo. No sabe tampoco si lo que él hace es realmente un servicio de mensajero. Todas estas dudas de los demás, los que lo rodean, van minando el ánimo de K. porque funcionan como anulaciones -Martin Walser explica muy bien esto, como también lo anterior sobre Barnabás, en su libro Descripción de una forma-, de las perturbaciones frente a las que se encuentra y a las que busca encontrarle su lado de afirmación.
La única pregunta que no contesta K. es porqué finge ser agrimensor, suponiendo que alguien dude de que lo sea. En realidad nadie se lo pregunta, salvo al final, pero de manera más retórica que con verdadera curiosidad, la Posadera. K. se mueve la mayor parte del tiempo de la novela. Si es que no está en movimiento, su actitud es la de estarlo, ya que escucha lo que se le dice con expectación real, con estímulo, como si sus brazos estuvieran también en juego, porque se podría decir de él con las palabras que dice el comerciante Block en El Proceso: «para el sospechoso es mejor el movimiento que el descanso, pues aquel que descansa puede estar siempre, sin saberlo, en el platillo de una balanza y ser pesado con todos sus pecados«. (pág. 242, ed. Cátedra, 1999, Madrid).
Esta sería una pregunta a la que no se sentiría obligado a contestar. Podría simplemente decir que lo es porque lo es, o simplemente desviar la charla hacia otro lado. Igual, es seguro que nadie se lo va a cuestionar. Podría responder que nunca ha tratado de pasar por algo que no es, y con esto su conducta irreprochable seguiría intacta. Podría decir que viene de una familia de agrimensores y que esa es su vocación natural. No sería una catástrofe que K. haya fingido ser agrimensor, sería un hecho, y no hay hechos irrefutables dentro de El Castillo.
K. sería en este caso, lamentable para su conducta, similar externamente a un funcionario del Castillo, porque no tendría que dar pruebas de un oficio del que dice saber y al que dice pertenecer, no lo tendría que demostrar como sí lo hacen las personas del pueblo, que hacen lo que hacen y cada quien ve que hacen lo que hacen. Ellos no demuestran nada, solo realizan sus acciones y con eso queda comprobado su oficio, sin palabras de justificación. Pero K. nunca trata de convencer a los demás de que es realmente agrimensor. No hay ningún parlamento suyo defendiendo esa posición. Esto hace más compleja la situación general, en que nadie exige explícitamente nada a nadie, aunque sí lo hacen de manera tácita. Está en el ambiente ese requerimiento aunque nunca se lo diga. Y al no ser un funcionario del castillo, el oficio de K. y K. deben ser juzgados. Solo hacia el final del libro, a causa de una discusión con la Posadera, esta le pregunta, pero ya a esta altura de la historia tiene poca importancia saberlo, cómo se puede saber que él es realmente agrimensor, y si lo es, ¿qué es ser eso, qué significa ser agrimensor? Ante las explicaciones de K. la Posadera bosteza y arremete diciéndole que no dice la verdad y que por qué no la dice.
Sería similar externamente a un funcionario del Castillo, pero no lograría serlo internamente, y sería visto internamente con desprecio por la gente que vive en el pueblo, siendo que K. se siente más cercano a estos que a los del Castillo, y deberá soportar que estos ahora no puedan ni quieran interesarse por lo que realmente piensa K., por lo que lo atormenta, y eventualmente lo alegra. Pero no sería una solución que él demostrase ya sea con palabras o con hechos que es realmente agrimensor. Eso no sería posible. K. no dejaría rebajarse su orgullo hasta ese punto, la sumisión reinante por todas partes en el libro no sería suficiente como para que K. llegue a hacerlo. Capaz si tuviera la chance de tomarse las cosas de manera distinta a cómo se las toma, si pudiera tener una actitud divertida en el momento justo, o una contemplativa en otro momento justo, y una triste, una solidaria, una participativa y una seria en cada uno de otros momentos justos. Como ya se vio, esto sería imposible, por el funcionamiento propio del universo del Castillo, pero además por la infinidad de variantes y de posibilidades, por las «mayores o menores oscilaciones», por las «mayores o menores interrupciones» (El proceso, pág. 211, Ed. Cátedra, 1999, Madrid). Todo pertenece al universo del Castillo, hasta el más mínimo elemento y detalle. Esto también hace que la mente de K. empiece a fatigarse. Cada parte del decorado de las Posadas, cada detalle de las casas a las que tiene la suerte o la desgracia de ingresar, pertenecen a ese universo, aunque de manera marginal y degradada. Y K. tiende a olvidarlo continuamente. Es solo hacia el final que empieza a tener consciencia de esto. Su forma de hablar cambia ligeramente. Ya no tiene tanto respeto por las condiciones, y quien esté hablando con él sentirá que es otro el tono con el que habla. También se dejará llevar hacia situaciones a las que antes no se hubiera permitido acceder, sino que le hubieran parecido puestas a propósito en su camino para desviarlo de su objetivo. Ahora se deja llevar, ya no cree en el cumplimiento de su meta y es una hoja de papel movida por el viento o por cualquier forma de moverse, incluida la suya. Capaz esta debió haber sido su actitud desde el principio. Pero si hubiese actuado de esta forma si se puede decir más liviana, seguramente todo hubiera requerido para su posible éxito una actitud más decidida de su parte.
K. se sabe apaleado por los hechos y por lo que nunca sucedió. Es una especie de Quijote frente a la indeterminación de los discursos. ¿Sospecha que ha sido burlado? ¿O sospechará que todos dentro del Castillo lo han sido, antes que nadie por ellos mismos? ¿Sabrá que no puede preguntarle lo que aprecie sobre algún detalle a alguien? ¿Tendrá noción del estado de locura en el que se encuentra y del que no saldrá porque el libro no termina? La gran risa de Kafka se interrumpe con su tos tuberculosa. La misma risa con la que le reprocha a Felice en una carta del 14 de agosto de 1913, ya que ella le comunica que un grafólogo conocido suyo le dijo a partir de observar su letra, la de Kafka, que sin duda él tiene un interés por la literatura, y Kafka le responde: «Yo no me intereso por la literatura, yo estoy hecho de literatura, no soy ninguna otra cosa ni puedo serlo» (Erich Heller, Cartas a Felice, pág. 22, ed. Alianza Tres). Y en otra, del 17-18 de marzo de 1913: «Te dije una vez que todo verdadero sentimiento no busca las palabras adecuadas, sino que se topa con ellas o incluso se ve empujado por ellas«. (ídem anterior, pág. 25).
Da la impresión que todos los personajes del Castillo tienen este verdadero sentimiento al hablar, aunque solo estén diciendo algo circunstancial, como dar la hora (nadie da la hora que yo recuerde en la novela) si alguien les pregunta por eso, más allá de que con eso, con ese sentimiento verdadero, estén tratando de ser sinceros o de engañar a quien les escucha.
«Vagas esperanzas… vagas amenazas«. (El proceso, pág. 239). Ha tenido una pequeña vida acelerada K. en «El Castillo».
Kafka vivió paralelo a la vida que lo miraba. Y la vida hizo lo mismo con él. El futuro idealizó sus momentos, el pasado los rechazó, seguro sucede que la gente se opone a lo que está por venir. La vida lo observó como a un ser pequeño y él no se dio cuenta de esto aunque le hubiera gustado saberlo. El lado interno del temperamento o del ánimo y el externo de la escritura.
Los pasillos donde están las habitaciones en las que trabajan los funcionarios son menos oscuros en El Proceso que en El Castillo. Todavía entra la luz en ellos. En El Castillo ya no hay deleite, todo decanta hacia solo escritura. No hay escenas de sexo explícito tampoco, como sí las hay en El Proceso, es verdad no es un sexo explícito extremo ni desarrollado ni descripto, pero está. En cambio todo se detiene en una posibilidad en El Castillo, pero a la vez esa posibilidad en él sucede, está sucediendo, en cambio en El Proceso, la posibilidad o ha sucedido o no sucederá. El tiempo en El Castillo es tiempo detenido. Lo que marca la detención es la llegada de K. a la Posada de El Puente. Tiempo detenido por la misma disfuncionalidad que produce el castillo, pero también por los parlamentos elocuentes de cada uno de sus personajes. Entre la redacción de El Proceso y la de El Castillo hay entre siete y ocho años de diferencia. Todo lo que vivió y escribió Kafka en esos años se resuelve hacia una escritura más desligada de cualquier movimiento literario. Se convierte en algo más cercano al acto físico de escribir, acto que es anticipado a través de esos años en sus Diarios y en sus Cartas. El Castillo es la última maratón de Kafka.
La risa que produce El Proceso es distinta a la que produce América o El Castillo. Aquella es una risa seria, ceremoniosa por lo sepulcral, que a la vez se manifiesta tenuemente, es la risa salida del fondo de una blusa olvidada en el umbral de una ventana (lo dice Kafka). Es la risa del aire de las Oficinas de los negociados, que ahoga al que las pisa por primera vez y extraña el aire de las afueras; aire de las afueras que a su vez ahoga a los acostumbrados al aire de las Oficinas de los negociados. Pero la de América y la de El Castillo es directa, es una risa enorme y sin ceremonia, no es la risa del chiste ni de la broma (la de El Proceso en esto tampoco lo es), pero sí la de la adecuación y torpeza de la existencia, la del atolondramiento del ser ante el abismo del crecimiento, del paso de la experiencia, que al parecer te va transformando en un ser ignorante, monstruoso, que se deja estar, o que deja estar a los objetos hasta querer alcanzarlos, transformarse en ellos. Es la experiencia de la persona que no termina de adecuarse a su conducta, su desorden, o manera de llevar las cosas.
Kafka frente al tribunal de sus órganos vitales.
Contrapuesto a la barrera mayor del matrimonio.
Kafka trata de celebrar lo brillante y no lo ampuloso.
No podrán atraparme porque no estoy escapando de ningún lugar.
«Solo hay un consuelo para el horror de la vida (…), y es sumarse al horror de los testigos anteriores» (El otro proceso, Elias Canetti, pág. 14, ed. Nórdica, Madrid). «Me parecía, además, que el seguir viviendo interrumpiría menos mi escribir que la muerte» (carta de Kafka a Max Brod). Por esto Kafka decide vivir.
La monstruosidad de las intenciones humanas, quieren apropiarse del sentimiento de la gente, aunque para eso solo puedan servirse de su elemento exterior, sin llegar a la intimidad, a pesar de permanecer días y semanas junto a la confesionaria, la persona que expresa los repliegues de su saber; no ven que en ese expresarse se esconde el secreto, no quieren verlo, y entonces querrán ser los o las autoras de ese sentir, querrán haber descubierto algo que después podrán contar de esa persona con sus propias palabras. Cómo querer vivir al saber que detrás de vivir hay solo vivir. Cómo seguir respirando para llenar momentos del día con actitudes, con aciertos y desgracias.
Esconderse en los bosques del impulso. Mostrarse después. Ser perseguido por eso.
Siempre hay un trasluz en su escritura. Seducción y tristeza. Porque se puede comprender la infancia y la muerte. La infancia de la muerte por esa forma de escribir suya, y por la que demuestra también haber sido músico.
La palabra ventana y la palabra cansado, junto con el binomio ordenado/desordenado, deben ser de las más usadas por Kafka en sus escritos. También la palabra humillación y su idea.
Los lugares cerrados de la novela podrían ser una transfiguración de la cueva en la que a Kafka le gustaría estar como mejor forma de vida para escribir. Dice en una carta a Felice del 14 de enero de 1913: «Con frecuencia he pensado que la mejor forma de vida para mí, consistiría en encerrarme en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva. Ir a buscarla, en camisón, a través de las bóvedas, sería mi único paseo. Acto seguido regresaría a mi mesa, comería lenta y concienzudamente, y en seguida me pondría de nuevo a escribir» (Alianza Tres, Tomo II, pág 245). Forma tenebrosa de entender la escritura. Hacia la profundidad de la noche que nunca es suficientemente noche. Más siniestra y apasionada hace a esta idea de escritura el hecho de que no haya ventanas en el lugar, con lo importantes que eran para Kafka, como reservorios de ventilación y salud. Pareciera querer decir que la escritura por sí sola puede bastarse. En otra parte de la misma carta dice que «escribir significa abrirse hasta el exceso«. Entonces se entiende por qué el lugar elegido es una cueva, sin ventanas. Kafka termina la carta diciéndole a Felice: «¿Qué dices a esto mi amor? ¡No retrocedas ante el habitante de la cueva!».
Junio 2025 – Julio 2026



