Reseña por Sebastián Menegaz.Primera —¿o segunda?— novela de Alan Pauls; en todo caso, su primera reedición desde 1990. La lectura menegaziana pone la atención en la red de tradiciones, autores, discusiones y gestos literarios que confluyen en el libro y en los sentidos que adquieren desde el presente.
La calle Praga, el agente Brod, su subordinado, Werfel, el doctor Kalewska —este último, por cierto, un armónico de invención pura que nos llevará a atestiguar que, en el índice onomástico de los Diarios, entre ‘Kaiser, señorita (mecanógrafa)’ y ‘Kanitz, Gertrud’, ‘Kalewska, doctor’ brilla por su ausencia. O en todo caso, que brilla, en efecto, la mueca unruly del joven Pauls. Las pistas kafkianas son, desde luego, demasiado flagrantes para ser consideradas como tales, pero le sirven al joven Pauls para ahorrarnos, a quienes tampoco ya lo somos, la satisfacción un poco indigna de alzar la ceja ‘En la colonia penitenciaria’. Todo el dispositivo de El coloquio, segunda obra en el corpus novelístico de Alan Pauls en ser escrita en los ochenta pero la primera en ser publicada en los noventa, parece responder a este juego de deducción psicótica (si pensamos en su interés sincrónico por Klossowski, suena como un retruécano pillo). Pero Kafka no es el único éxtasis de gratuidad en tal sentido. Se podría aseverar, acaso con el beneficio de le temps qui passe pero no solo por eso: un Kammerspiel (El coloquio) que gesticula el loop de una suerte de roman à clef inconstante o inconmensurable. Una parodia que hubiera olvidado a su modelo, a su hipograma en el camino (vale pensar en Swift) pero se empeñara en reencontrarlo —he aquí su McGuffin— recrudeciendo el ademán. Los ademanes. Vertiginoso clivaje (para apelar al phrasing crítico de aquellos años) de amnesia e hiperconciencia que gira en torno a una escena del crimen y sus intérpretes.
En la pieza de Pauls, de hecho, por intérprete cabe entender el arco de todas sus acepciones: hermenéutica y pantomima (los personajes); traducción simultánea (el narrador); ejecución de un instrumento (el autor, el lenguaje… como un piano, sobre el escenario). En la contratapa, Michel Nieva invocará a Beckett y Buster Keaton, no sabemos si pensando en Film, colaboración insospechada de mediados de los sixties, pero en todo caso colando a Berkeley (prompt del corto de Schneider-Beckett-Buster) en los oficios de Platón; como de hecho parece proceder El coloquio y su Frankenstein idealista: el diálogo autista. En una posdata que dialoga —a su vez— con la contratapa (y con el presente) Pauls se hará el sota: «Qué más quisiera yo. Pero mi escuela de hilaridad la cursé viendo Los 3 chiflados». Más vulgares, más sádicos.
La posdatación como amuleto contra el fantasma de la datación, es decir, contra la circunscripción demasiado rígida de un texto a los espejismos intelectuales de una época (algo que Pauls ha declarado haberle preocupado siempre en relación a la relectura de El coloquio) es un subterfugio borgeano que ya había movido para la reedición de El pudor del pornógrafo, su primera novela (cuyo título original, dicho sea de paso, bien podría haber restablecido o transmigrado para la primera edición de la segunda: En el punto inmóvil —misma construcción nominal que ‘En la colonia…’—.) «El policía Brod, el doctor Kalewska, el patrullador nocturno Werfel, que no dejan de chupar frío en esa esquina de cartón pintado con tal de reconstruir el caso Pablo Daniel F.», se lee en la posdata a esta primera reedición. O bien: «la versión farsesca que interpretaban los monigotes de mi novela…», etc. La teatralidad, la dramatización, el efecto de distanciamiento, la voluntad de romper la ilusión de realidad, Beckett, sí, pero todavía algo un poco más percudido de pragma, Brecht, y Copi (de quien la prosapia gangbang que familiariza El matadero con Osvaldo Lamborghini se llevará la marca). El dibujo de la prosodia, en suma, está en, es, el epicentro figurativo del texto. Un respiro de realismo irreconocible que el Pauls du jour (podríamos suponer, el de la posdata, pero también el de una zona programática de su última novela, también de 2026, Malas lenguas) redime en el Pauls d’hier. Después sí, la energía liberada de ese roce sísmico (en la falsa linealidad que supone la producción de todo autor, El coloquio ha quedado después de El pasado) dispondrá en su fiesta digresiva los escombros culturales que justifiquen el control de daños —el disclaimer— que se considere editorialmente contemporáneo.
«Fiel al Zeitgeist de la época, bastante foucaultiano…», escribirá también Pauls en la posdata. Lo que no invalida que no sea Foucault, sino Deleuze, quien agrupe la máquina de ejecución de ‘En la colonia penitenciaria’ (y su caligrafía rousseliana: una máquina que inscribe la ley violada sobre el cuerpo del reo hasta provocarle la muerte) en la línea de producción de las máquinas delirantes de Roussel. Locus Solus es del mismo año que ‘En la colonia…’ (1914); Impresiones de África, cuatro años anterior. ¿Leyó Kafka a Raymond Roussel? Muy probablemente no. Tampoco Pauls, que en 2020 publicó en La Agenda de Buenos Aires el ensayo que abre su compilación de 2025, Alguien que canta en la habitación de al lado, con otra mueca: «Nunca pude leer a Raymond Roussel, pero no sé si hay un escritor que me interese más. Probé en los años 70, cuando Foucault lo puso de moda con un libro genial (que sí leí) y seguí probando más tarde también». Y añadirá: «Lo único que no se me resistió fue el tratado póstumo Cómo escribí algunos de mis libros». Otra posdata, paradigmática. Que por cierto: Foucault sí pone en relación con la posdatación a lo bonzo —por llamarla de algún modo— de Kafka… La hipótesis de esa influencia sorda, en cualquier caso, es adorniana. Precisamente eso, el Zeitgeist. El amnios de su modernidad relativa (la de la preguerra: automatización, alienación, taylorismo); una convergencia estructural. El coloquio, en tal sentido, opera como una película sensible que imprime la propia. Podríamos decir: no ya la de la primavera alfonsinista, sino la de sus primeras heladas. Tan luego recaerá en cada quién descular la clef histérica (nunca histórica) que excite nuestra deducción psicótica. La sugestión, la risa atragantada, de una parodia en vilo. Para el reseñista —en este caso— podrá tratarse del teatro de operaciones de las guerras indias de la revista Babel, libradas en los campos del honor (vernáculos, un poco en chiste) del fin de la historia. Escaramuza de los perdedores: «La epidemia [las demoras de estilo de las que fuimos tan detractados precursores] terminó con nosotros, y el contagio, por suerte, no se extendió ni se propagó. ¿Qué se puede alegar a favor —e incluso en contra— de los estilos que nada provocan?», escribió Luis Chitarroni a propósito de Pauls, aquí específica, elegíacamente sobre eso que fulgura y se sofoca (¿se sofocó?) en El coloquio. Chitarroni que junto con Guebel (bande à part) tienen su propio cameo en este último: «Dieciséis, según Werfel, contando el altercado en el destacamento de Guebel. Diecisiete según el mismo Brod, contando no solo el caso Guebel sino también el episodio del presidio de Chitarroni». Por supuesto, no importa —nunca importa tanto— qué contaban.
Tampoco Aira, quien en simultáneo (primavera del ‘89) escribía en El volante —toda ella una posdata—, que Hitarroney, Fejfec y Beguel «se habían cambiado sus vulgares nombres bengalíes por unos fantasiosos apelativos franceses (…) Louis, Serge y Daniel (…) no tenían modales y vivían a la espera de una gloria literaria que el país no parecía dispuesto a darles». A otro lector, no obstante, los modelos y objetos (las sombras burladas) de la paranoia de El coloquio lo pondrán tras la pista o el asedio de otra encarnación o séance del espíritu de los tiempos. Es parte de su generosidad sin franela. Como escribe el propio Pauls, de este lado de El pasado, en el penúltimo ensayo de su —también reciente— compilación: «Paseos sin rumbo de un relato que se hartó de progresar». (Casi tecleo ‘significar’… L’erreur de machine… c’est une erreur lisible, un sens. Pero no, ya no nos queda espacio para Barthes.)

El coloquio
Alan Pauls
Marciana
2026
178 pp.

