El poeta y crítico mendocino encara una lectura de Franz Kafka en un largo ensayo, que publicamos en seis partes. Quinta entrega: la enfermedad y la soledad kafkianas, en diálogo con Van Gogh y Antonin Artaud. De vuelta a El castillo, su burocracia y sus personajes y la imposibilidad de comunicarse sinceramente con un mundo regido por reglas opacas.
Qué hay entre las fechas cercanas de las cartas, el diario y la redacción de El Castillo. La reflexión de un poeta sobre la enfermedad. Pero no una enfermedad general del ser humano, sino una particular, salvo por la opresión del mundo hacia los seres pequeños («pulmones más o menos defectuosos los tiene media Europa occidental«, dice Kafka en una carta a Milena de abril de 1920). Acá no está la denuncia que hace Artaud en las primeras páginas de su Van Gogh, pero todavía así, la descripción de Kafka de su enfermedad golpea el sentido de la escritura. La enfermedad que describe Artaud en esas páginas es intelectual y embrionaria. La de Kafka es doméstica y cotidiana. Pero ambas se apoyan en un punto, más la de Kafka, porque lo necesita con mayor mediatez, en la sanidad de su descripción, los puntos y coma, suspensivos o seguidos de su descripción. La de Artaud es una denuncia global: «Puede hablarse de la buena salud mental de Van Gogh, que en toda su vida solo se hizo asar una mano y, fuera de esto, no pasó de cortarse la oreja izquierda en una ocasión, / en un mundo en que diariamente se come vagina asada con salsa verde o sexo de recién nacido flagelado y enfurecido,/ tal como sale del sexo materno. / Y no es una imagen, sino un hecho abundante y cotidianamente repetido y cultivado en toda la extensión de la tierra» (1977, ed. Fundamentos, Madrid). La de Kafka, una denuncia enfocada. Este dice en distintas entradas del año 1922 de su Diario (he hecho un collage de esas entradas siguiendo el orden de sus fechas, por lo tanto algunas relaciones en el discurso no deben entenderse como algo que se propuso Kafka, sino como recortes; pero antes de ir a la cita agrego que las entradas de su Diario entre 1918 y 1923 no alcanzan ni la novena o décima parte de lo que son las que van desde 1910 a 1917, año de la ruptura definitiva con Felice Bauer, con quien había tenido dos compromisos de matrimonio. No sé si fue esta la causa de la abrupta caída en su escritura de los diarios, si esta o el diagnóstico de su enfermedad que se da en 1917 también. Pero esto dice Kafka a partir de recortes): «Agotamiento. Imposibilidad de dormir (…) los relojes no andan de acuerdo (…) la locura de la marcha interna (…) introspección, que no deja en reposo ninguna idea, las persigue hasta la superficie, solo para convertirse a su vez en idea y ser perseguida por una nueva introspección (…) La soledad que en gran parte hasta ahora me fue impuesta, y en parte también buscada por mí (…) lo más probable es que tienda a la locura (…) la persecusión se realiza dentro de mí y me destroza (…) es el aire que respiro, mientras siga respirando (…) no ha habido, de parte mía, la más mínima demostración de una línea de conducta que dirigiera mi vida. Como si me hubieran dado, como a todo el mundo, el centro del círculo, para que recorriera como todo el mundo el radio correspondiente, y luego trazara la hermosa circunferencia. En vez de hacerlo, me reduje a empezar constantemente nuevos radios, para interrumpirlos luego, también constantemente (…) El centro del círculo imaginario está repleto de radios sin terminar (…) esa falta de lugar se llama vejez, debilidad nerviosa (…) mi vida es un titubeo prenatal (…) me bastaría poder existir cerca de mí, me bastaría poder considerar el lugar donde me encuentro como otro lugar (…) ¿por qué entonces aumento la desdicha de estar en esta orilla, con el anhelo de estar en la otra? (…) Notable, misterioso, tal vez peligroso, tal vez redentor consuelo de escribir; ese escapar de las filas de los asesinos, esa observación de lo que ocurre. (…) me comporto ante la enfermedad con tanta ignorancia, tanto desinterés y tanta timidez (…) ¿Vivo entonces en el otro mundo? (…) mi falta de relación con la vida (…) la única verdad incontestable… es el dolor físico. (…) Para cada enfermo su dios doméstico; para los enfermos de pulmón el dios de la sofocación (…) esta debilidad me impide enloquecer (…) En mi Registro se sigue calculando como si mi vida solo empezara mañana, y en cambio ya estoy llegando al fin (…) Y tan fácilmente, tan musicalmente«. Y dice en una carta a Milena [escritora, periodista y traductora checa (Praga, 10 de agosto de 1896-campo de concentración de Ravensbrück, Alemania, 17 de mayo de 1944)] del 31 de mayo de 1920: «Soy un enfermo psíquico, la enfermedad pulmonar es solo la enfermedad psíquica que se ha desbordado. Estoy así de enfermo desde el cuarto o quinto año de mis dos primeros compromisos matrimoniales«. (Nota) Los dos compromisos a los que se refiere Kafka son los que tuvo con Felice Bauer y Julie Wohryzek. En otra carta a Milena, de abril de 1920, Kafka le dice, ya que Milena le ha comentado que ella también tiene lo que puede ser el comienzo de una afección pulmonar, que su experiencia en cuanto al origen de su enfermedad fue esta: «Era que el cerebro ya no podía soportar la cantidad de preocupaciones y dolores que pesaban sobre él. Y dijo: ‘Ya no puedo más; pero si hay alguien interesado en conservar todo esto, que me quite, por favor, una parte de la carga y todo seguirá adelante algún tiempo más’. Entonces se presentó el pulmón«, y tomó la posta.
Las sanidades mentales de Van Gogh y de Kafka son vistas como enfermedades en los mundos sanos, vistas como enfermedades incluso por ellos mismos. Quiere decir que los dos se engañaban en el percibir de su sanidad. En ese engaño estaba el equilibrio de las cosas.
Y nada de esto tiene que ver con El castillo.
Por lo menos Van Gogh y Kafka se muestran en su fragilidad y quisieran esconderse, ESCINDIRSE, mientras la sociedad se esconde mostrándose en su convención.
El que Kafka necesitara dejar registrado cada detalle de lo que le sucedía, siendo que al parecer quiso destruir muchos de sus escritos no publicados en vida, demuestra que no quería hacer esto último, aunque quizás algunos de sus escritos lleguen modificados a nosotros en algo por alguno de sus publicantes, a los que hay que agradecer, aun si hay en ellos una posible modificación.
Dice Kafka en su diario, como ensayo para dirigirse después mediante una carta al padre de Felice, a quien ha propuesto ya matrimonio y como una forma de prevenirle-advertirle al primero sobre los riesgos que la realización de este acto traería o conllevaría, en la entrada del 21 de agosto de 1913, (traducción de Wilcock, ed. Emecé, Buenos Aires, 1953): «Yo soy, no sólo a causa de las circunstancias exteriores sino sobre todo por mi propia esencia, una persona circunspecta, callada, poco sociable, insatisfecha, sin que pueda considerar esas condiciones una desgracia, ya que solo son un reflejo de mis propósitos. Uno podría por lo menos sacar algunas conclusiones de la clase de vida que llevo en mi casa. En efecto, vivo en el seno de mi familia, entre las personas mejores y más amables, como un desconocido entre desconocidos. Durante los últimos diez días no habré hablado un promedio de más de veinte palabras por día, con mi padre apenas cambio de vez en cuando un saludo. Con mis hermanas casadas y con mis cuñados no hablo en absoluto, sin tener por supuesto nada contra ellos. El motivo de este proceder es simplemente que no tengo nada para decirles, ni lo más mínimo…» (y digo yo, qué bien andaría el mundo si cada quien actuara de manera parecida a esto último, salvo los charladores natos, que tuvieran algo para decir, no los charladores a secas ni los natos sin algo para decir, aunque los natos con algo para decir terminan a la larga siendo también insoportables…) «… Todo lo que no sea literatura me aburre y me inspira odio, porque me perturba o me hace perder tiempo, aunque sólo sea por sugestión. Me falta ese sentido de la vida familiar, excepto como observador, en el mejor de los casos. No siento ningún interés en los parientes, y las visitas casi me parecen un castigo directo”. Y remata: «El matrimonio no podría cambiarme, así como tampoco puede cambiarme mi empleo». Entonces para qué, pienso, ha propuesto matrimonio a Felice; eso es parte de su dolencia. Observar todo esto sería para él una sanación narrativa. Esta es la imposición que el matrimonio ejercía y ejerce sobre la gente solitaria, la indecisión general para sublevarse, y la decisión también general para ir y mirar hacia un punto fijo. El abismo temido sería preferible a este punto. La vida está hecha de términos, pero no vale pensarla a partir de estos, sino de la nada o del aire que separa las acciones. Es el punto, ese punto fijo que dice soy esto, y al conseguir esto me petrifico, me incorporo a las realidades petrificadas que me circundan. Y estas realidades son por lo general las que antes de verse pétreas, se ven institucionalizadas moralmente.
Si se piensa, las verdaderas apagadas de la escritura son Felice Bauer y Milena Jesenská, cuyas cartas o no fueron conservadas o no tienen una mera difusión, siendo que escritos de Milena como la Necrológica que escribe un día después de la muerte de Kafka son de una belleza también difícil, lo que hace suponer que sus cartas debieron tener también cavidades y suspensos en los que investigar.
Hay una penitencia comunitaria en Van Gogh, en Artaud y en Kafka. Una forma de verse obligados a sufrir.
El saqueo incluye los recuerdos, con esa técnica de alejamiento acercamiento. El saqueo es la versión sola de lo desconocido. Atribuirle fuentes mágicas a esto, cuando lo desconocido es lo que no se quiere investigar, empujado para esta actitud por el rótulo social, significa ser respetuoso con las convenciones y los gestos. Artaud tiene razón en lo que decía. Muchas personas querrán silenciar la verdad que vas a decir hasta que llegue a ser opaca. Muchas veces esa verdad está disfrazada de retórica, de saber decir para un contexto, o de publicidad también de pasados y futuros promotores. Kafka llegaba al mismo resultado de lo que planteaba Artaud, sin resultado, a través de informes pretendidamente burocráticos, que terminaban por ser humorísticos y sórdidos, algo más pesado y contundente que un diálogo confuso. Pero sórdidos como la mirada de una persona detrás de un tabique a la que nadie ha invitado a la fiesta, y si lo hubieran hecho ella no hubiera aceptado. Entre esa mirada y las miradas intermedias posibles se crea el abismo buscado y temido. Se cruzan en su invisibilidad inconsciente y se eliminan, otras logran crear una amistad o una relación, que podría ser feliz y dolorosa, o distante, nula, cautivadora. El 12 de febrero de 1922 Kafka escribe en su diario: «El gesto de rechazo que siempre suscité no era el que dice: ‘No te amo’, sino el que dice: ‘No puedes amarme, por más que quieras; desdichadamente, amas al amor que sientes hacia mí, pero el amor que sientes hacia mí no te ama’. Por lo tanto, es injusto decir que yo haya conocido la expresión ‘Te amo’; solo he conocido el silencio expectante que debió ser roto por mi ‘Te amo’; solo eso he conocido, nada más«.
No son las mismas preocupaciones las de Kafka, Artaud o Van Gogh, qué importa… las expresan con la misma poeticidad.
Kafka era testigo en sus escritos del silencio buscado por la sociedad para el que tuviese algo revelador que agregar a los discursos. Kafka se consideraba mentiroso. En sus escritos su mentira para los demás es palpable, es tomable, no se puede ser sincero con los funcionarios. K. intenta serlo, y esa entidad cargada de luces difusas que es el castillo pone a andar su maquinaria, seres desganados, ninguna voluntad real, salvo la del maestro de escuela, un personaje que nació equivocado en su vida real, no en la del libro (tenemos que imaginar otra vida para cada personaje una vez que sale del libro, para cada personaje de cada libro de cada escritor o escritora), y la de Amalia. El maestro será enemigo de K., y Amalia, despreciada por este; ya que tanto el maestro, por una limitación de su oficio, y Amallia, por su nobleza, se encuentran parados en el mundo o frente al mundo, y esto K. no lo logra digerir. K. es para sí una autenticidad de su mundo privado, que no conocemos, sería imposible conocerlo, si K. nos contara de él, nos mentiría; con su silencio, deja de mostrar, y al dejar de mostrar, no hay realidad, no hay evidencia, convirtiéndose esta ausencia en la única prueba disponible.
Alienación no hay dentro del pueblo del castillo. Los personajes están hechos de palabras y el tiempo no existe. La sanidad mental de Kafka fue encerrarse a escribir en una pieza, en un lugar. Tuvo la posibilidad para hacerlo.
Los escritos de Kafka son burocráticos, pero en esa burocracia hay una imaginación. O quizás por ser burocráticos, resalta en ellos una imaginación. La imaginación es lineal y oblicua, es material, se la puede tocar y atravesar. La imaginación pasa a ser una sombra. Es portátil también. Se la puede trasladar. Para hacerlo hay que intentar no mentirse. Se necesitan pocas cosas para sobrevivir. La más importante, un lugar donde esconderse.
Esto dice Van Gogh sobre su oficio. No quiero compararlo con Kafka, ni a Kafka con él. Esto dice Van Gogh: «¿Qué es dibujar? ¿Cómo se consigue? Es la acción de abrirse paso a través de un invisible muro de hierro que parece interponerse entre lo que se siente y lo que se puede. Cómo atravesar ese muro, pues de nada sirve golpearlo con fuerza, a mi modo de ver hay que minarlo y atravesarlo lenta y pacientemente con una lima«. Kafka debe haber pensado lo mismo, sobre todo de esta última imagen. Es lo que debe haber hecho, pacientemente, en sus noches de escritura. Kafka dice en alguna parte que alguna vez ha escrito para que la hoja en blanco no le queme los ojos, o que lo ha hecho para llenar la hoja en blanco que le quema los ojos.
La hoja es frágil ahí donde no da el viento, sabe que el viento la espera. Su fortaleza es escapar de él. La hoja es frágil ahí donde no da el viento, porque en algún momento dará.



