Una poesía atenta a las pequeñas transformaciones de la vida cotidiana. Una atención particular hacia lo que suele descartarse. En esta selección de poemas de Matilde Méndez (Buenos Aires, 1980), que va de su libro de 2017 a los inéditos, puede leerse un desplazamiento: de lo abstracto a lo concreto, de lo general a lo…
De Un año puede pasar sin que nos demos cuenta (El ojo del mármol, 2017):
Algo nuevo nace cada vez
que entre el escombro se cuela
un poco de luz, al menos
algo nuevo podría emerger
de la resaca fresca.
Habrá que adelantarse
para no temer, al estado de sorpresa
preparar los cuidados, que surja
el latido diminuto
pausar el rencor y las miserias.
Hoy vi a los niños dormir en paz
como animales domésticos.
*
En el borde impreciso
donde el intercambio se produce
nos quedamos varados en puntas de pie
inclinados un poco hacia adelante
en equilibrio dudoso
por no traspasar
el lugar del otro.
Sin caridad tomamos lo que nos basta
y dejamos lo que nos sobra
un pulmón se oxigena
en lo más delgado
de su límite.
*
Vimos los campos pasar
desde un tren vacío
la lluvia
el frío helar las aguas
las hojas acumularse, los animales
parir en cantidades.
Un año puede pasar sin que nos demos cuenta.
Sin percibir los matices en el color
o en el aroma de lo que muta
lo que deviene otro en su propia carne.
Los cachorros, la cicatriz, el hueco
de lo que somos entre las piernas.
Al menos ser como animales, pedimos
ellos lamen su piel no esperan
que el tiempo sane las heridas.
*
La fe
(inédito)
A Margarita Roncarolo (Rosa o muerte!)
Pienso en vos, Margarita
domingo frío y estoy
en una casa que no es mía.
Por la ventana de la cocina veo
florones fucsia del ibiscus
iguales a los paragüitas
en la tapa de tu libro,
iguales también a tu pelo.
Esta casa donde vivo
fue de la abuela Neva
y de otros antes que ella:
cuatro puntas de cerámico beige
un octágono floreado
se apoya en granito verde blanco
encima de un calcáreo rojo y negro.
En el zócalo
las capas geológicas
se amontonan.
Desde que vivimos acá
por primera vez estoy sola
y quiero escribir
cómo es habitar una casa
con recuerdos ajenos.
Me levanté temprano y pensé
voy a contar
la historia de una familia
la mía
honrar a los muertos
con un poema chiquito y simple
de una casa y reconstruir
memoria
en las pequeñas decisiones.
Estoy acá
sola
los ruidos de este silencio
son distintos
me distrae un soplido de la estufa
por la puerta pasa otro 236
el segundero de ese reloj pegado con cinta
alguien que no conozco lo puso ahí
y quedó.
Me viene tu voz ronca, Margarita
subida a la mesa
haciendo carne
un Girondo apasionado.
Y escribo:
preparamos la pared
la hacemos nuestra
con espátula removemos
pintura floja en las esquinas
la lija borra el amarillo sucio
y emerge
una perfecta nube rosa sobre la puerta
estoy leyendo tu libro
ese poema donde el mundo
se retira a sus bordes
para que una abuela y su nieto
tengan espacio para correr.
Qué hermoso tener una abuela
de pelo rosa
que me escriba poemas.
Creo en vos, Margarita:
en el azar y la potencia
de un pensamiento que insiste
hasta hacerse cuerpo.
*
La parra
Esta casa tiene
una parra en el patio
es mayo y la poda deja
palos ralos en el cantero.
Centro de mesa en verano
la fuente de loza blanca
carcomida en el borde
se llena de hojas.
Las manos se rozan.
Toda casa debería tener su parra
anida en el alambre de la medianera
resguarda los recuerdos:
calor sol y polvo los caminos
en los montes de la Rioja
Cruz del eje o Aramta.
Las mujeres andan de negro
Alá las protege bajo el hiyab,
me gusta imaginar su pelo
oscuro y brillante
sobre la espalda,
pecas en los brazos,
el contorno de sus piernas
su sexo entre las telas
cómo será,
varias capas holgadas no deben
ceñir el cuerpo.
Esa en la foto no usa velo,
quién es cómo se llama
corazón de canutillos
su remera rosa deja entrever
el borde de su hombro.
El bigote finito y recto de Taha
es el mismo que el de Ahmed
que el de Musa, los hombres
sonríen y abrazan a sus hermanas o esposas
las hijas corren entre olivos
tierra blanca
y piedra.
De piedra la casa el camino
los muros donde apoyan sus caderas
para la foto.
Se rozan las manos.
Toda casa debería tener su parra:
algo que cortar cuando hace frío
y verde para mirar si el calor
nos seca los ojos.
*
Humus
Esta parra con la que envolvemos
trigo y arroz,
las manos se ahuecan y una hoja
es cuchara o pan,
empuja el garbanzo pisado
tu familia
le dice jemus,
nunca había oído una forma
tan dulce de pronunciar.
*
Canario rojo
Los pequeños fresnos
que separé amorosamente
en macetitas negras de plástico
con las que prometí futuros
de sombra y cobijo a amigas
y familiares
–épica, sembraré la pampa y le devolveré
su verde y su frescura–.
Estos árboles que el azar trajo
en cientos de semillas voladoras
pequeños helicópteros
girando en trompos
sobre mi patio
resultaron simple maleza
dicliptera o Canario rojo de nombre vulgar.
La vecina dijo sacala te come todo
hierba mala a esa le gusta la inundación
es de los charcos, los pajonales, dicen, de las que crece
a los costados de las vías.
Su flor diminuta
entreverado piquito rojo
pintura o sangre en el arbusto
tan bella se expande, pienso
la dejaré crecer,
sabrá compensar
esta belleza
su malnombre

Matilde Méndez (Buenos Aires, 1980). Es Profesora y Licenciada en Letras (UBA). Cursó la maestría en Estudios y Políticas de Género (Untref) y está escribiendo su tesis sobre la poesía de Susana Thénon. Trabaja como correctora y redactora. Coordina talleres de lectura y escritura para adolescentes en escuelas públicas de Morón. Publicó El color de la nieve (Adriana Hidalgo, 2012), Hacedora de lluvia (En Danza, 2014) y Un año puede pasar sin que nos demos cuenta (El ojo del mármol, 2017). Integró las antologías quechua-español ÁrBol (Ministerio de Cultura de la Nación Argentina y su par Boliviano, 2014) y Hablemos de amores editada en 2021 por Somos centelleantes.


