Crónica.Entre la devoción milenaria y el turismo masivo, Carlos Regueyra Bonilla recorre Leshan, la ciudad china que alberga el colosal Buda tallado en la roca hace más de 1.200 años. En esta crónica, el autor reconstruye la historia del monumento, narra su visita al complejo de cuevas, y reflexiona sobre el contraste entre la dimensión espiritual del patrimonio budista y el ritmo de una de las atracciones turísticas más concurridas de China. Décima entrega de las crónicas tomadas del diario de su viaje, Junto al río Fuhe.
En Leshan hay un Buda gigante esculpido directamente sobre la piedra del acantilado. Tiene 71 metros de altura y su elaboración tomó varias generaciones durante la dinastía Tang, entre los años 713 y 803 de la era común. Se ubica en el sitio donde convergen los ríos Minjiang, Qingyi y Dadu.
Cuentan que allí eran frecuentes los naufragios a causa de las fuertes corrientes. Entonces, un monje propuso esculpir una imagen de Buda en el acantilado para apaciguarlas. El material sobrante del proceso fue cayendo en el lecho del río y, en efecto, hizo amainar la fuerza de la corriente. El sitio se convirtió en un lugar de veneración y se edificaron templos en los montes aledaños y se esculpieron imágenes en las grutas.
Fuimos en tren desde Chengdu, un viaje de unos 45 minutos. Luego tomamos un bus hasta el hotel, que nos costó encontrar porque estaba metido en un callejón. Casi enfrente estaba la entrada al parque.


Había dos rutas para observar al Buda. Una era en bote por el río y otra desde tierra. Elegimos la segunda. Por el camino había pequeñas esculturas derruidas.
Se dice que el tigre y el dragón fueron convertidos al budismo y por eso también fueron esculpidos.

Pero la principal atracción era el Buda gigante. La gente se amontonaba para tomarse fotos con su cabeza de fondo.

Es verdad que resultaba impresionante. Las fotos que logramos tomar quizás no le hacen justicia.

Al igual que en otros sitios similares, resultaba chocante estar ante una pieza de arte histórica, sagrada y monumental, en medio de aquel ambiente de parque en fin de semana que caracteriza las atracciones turísticas chinas.
En otros momentos es posible bajar por esas gradas y mirar la escultura desde los pies, pero esa zona estaba en mantenimiento el día que fuimos.
Hay registros de que hace algunos siglos había unas plataformas de madera frente a la escultura que permitían apreciarla en diferentes niveles y que, a la vez, la protegían. Hoy quedan los orificios en la piedra que sostenían sus bases.
Pero aparte del Buda gigante sabíamos que había unas grutas esculpidas. No sabíamos, sin embargo, exactamente dónde. Caminamos mucho, estábamos un poco cansados, deambulando en busca de las cuevas. Fuimos al templo que está aún activo, que sobrevivió de entre los nueve que había erigidos en cada pico de cada monte aledaño.
Y caminamos más, con intención de encontrar las cuevas, pero sin saber adónde. De pronto, apareció la entrada frente a nosotros.
Para entrar a esta sección del parque tuvimos que pagar de nuevo, pero valió la pena. Hay una serie de cuevas llamadas el Palacio Subterráneo. En todas hay esculturas grabadas directamente en la piedra, algunas enormes, imponentes, y todas con un enorme nivel de detalle.
Era imposible tomar fotos que se aproximaran siquiera a la impresión que esas esculturas causaban. Aquí una pobre muestra:




Al día siguiente fuimos al museo. Por fuera se veía impresionante, con una arquitectura rimbombante, pero por dentro fue una decepción.
Y luego, antes de irnos de Leshan, fuimos a un gran parque, donde pudimos recrear los ojos en el verde.



