La deriva de un día entre librerías, ferias y recitales de rock. Una cumbia puede justificar el viaje a otro continente. Una lluvia fina durante un paseo, un libro mojado quizás por otra lluvia. Novena entrega de las crónicas de Carlos Regueyra Bonilla, tomadas del diario de su viaje a China, Junto al río Fuhe.

Es la 1:43 de la mañana, domingo. Un par de cuadernos –y el teléfono- tienen apuntes de algunas semanas atrás que no llegaron a consolidarse en una publicación. La foto que antecede fue tomada desde el edificio donde recibo clases, uno de los días de sol.
Hace unas horas hubo partido. Perdimos. 3-2, contra un equipo al que le expulsaron un jugador. No recuerdo cuándo fue la última vez que me sentí tan decepcionado del equipo en el que estaba jugando. Porque otras veces jugué en equipos que eran evidentemente inferiores al rival. En esos casos se hizo lo que se pudo, y ya. Pero esta vez teníamos equipo para ganar y perdimos.
Lo bueno fue que después del partido Santiago me dijo que había una ferie de vinilos en Yulin, y fuimos. Ya estaba terminando, casi. Pero alcancé a comprarme unas papas fritas y, después de recorrer algunos puestos que vendían discos de funk, y pop, y hip hop, un DJ que estaba poniendo música hizo sonar un par de cumbias. Entonces bailé cumbias con un plato de estereofón con papas fritas en una pequeña plaza de un barrio de Chengdu. Es posible que toda esta tontería de venir a China haya tenido sentido en ese breve instante: bailar cumbia con comida en la mano. Las cosas empezaron a ir mejor desde entonces.
Por azar o por error terminamos comiendo hamburguesas con unos cheles. Lo importante es que adquirimos un contacto. Y luego fuimos a una pizzería que, con ocasión de su inauguración, tenía una fiesta donde algunos DJ ponían música electrónica. Ahí estaba un compañero de mi clase que es alemán y simpático y estaba por cumplir años en cuanto dieran las 12. Tomamos un par de birras ahí y luego fuimos a otro lado.
Ese alemán, y otro, y un par de chinas con las que andaban, querían ir a Tag, que es el club donde le cubren a uno la cámara del teléfono y yo había pensado, la primera vez que fui, que era un ras antro de perdición, donde ocurría todo lo ilegal y lo prohibido, y resultó ser una decepción que costaba 100 yuanes la entrada. Así que ni en pedo. Le dije a Santiago: ya tuve suficiente decepción con el partido, hoy no estoy dispuesto a invertir en más decepción.
Pero tomamos birras mientras ellos comían fideos y hablamos un poco sobre Latinoamérica y sobre literatura, porque el otro alemán está leyendo La república del vino, que en alemán se llama completamente diferente, pero que es el libro con el que empezó todo esto, el libro que me hizo interesarme por la literatura china y por aprender mandarín y que tiene como resultado este puñado de centroamericanos huesos en una ciudad del oeste de China.
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En el mismo lugar donde fue la feria de vinilos, una semana atrás, hubo una feria de librerías independientes. Yo había entendido mal y pensé que era más bien de publicaciones independientes, como editoriales alternativas y autopublicaciones, arte impreso, etcétera. Pero era más bien de librerías pequeñas vendiendo lo que pudieran. No estaba mal. Compré un par de libros. Fue bonito, además, que en tres puestos ya me conocían porque frecuento sus librerías. Ser conocido en las librerías independientes de Chengdu es algo. No tan significativo como bailar cumbia con papas, pero algo.
En la feria había conversatorios que parecían interesantes, pero yo no era capaz de seguirlos. No solo por la dificultad del idioma, sino porque el lugar estaba atiborrado de gente hablando y era imposible poner atención.

Uno de los libros que compré era una publicación independiente de una poeta de Shanghai. En la última página venía una información de contacto y le escribí. Resulta que ha estado en Latinoamérica, que habla un poco español. Le escribí porque quiero traducir su poesía. Es bastante coloquial y sencilla, pero tiene algunos experimentos formales que me interesan.
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En uno de los cuadernos en los que anoto cosas de diversa índole, tengo una recopilación de frases sueltas:
– Huevo frito con palillos.
– A veces caigo en cuenta de que estoy en China.
En ese mismo cuaderno hay algunos apuntes sobre el idioma. Por ejemplo, 凹 (ao) significa cóncavo, 凸 (tu) significa convexo, protuberante. 故事 (gushi) significa historia, cuento, relato. Los mismos caracteres, pero en orden inverso 事故 (shigu) significan accidente.
Y el apunte más tardío de ese mismo cuaderno dice:
Parafraseando a Armando Manzanero, me quedé para ver la luz al otro lado de la bruma.
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Hoy vine al Jah Bar después de mucho tiempo –escribí en el teléfono, días atrás. Hay concierto de la banda de Gerard. Llovía. Una garúa leve pero molesta porque hice el viaje en bicicleta. 20 minutos bajo llovizna.
Cuando llegué estaban aún haciendo prueba de sonido. Me pedí un Bacardí que me supo a agua.
Las entradas, como los pagos de todo tipo, se hacen mediante códigos QR. Una publicación incluye un código. Lo escaneo con una app de pagos. El pago genera, a su vez, un código. Esa es mi entrada. En la puerta del local, una mae la escanea. Me da una cinta de papel verde amarilla y roja con el logo y los colores del bar para que me ponga alrededor de la muñeca.
La banda se llama Airqueake. Ha sido clasificada como stoner/psychedelic/desert rock. Empiezan unas distorsiones bajas de guitarra, teclado y bajo, y una chica sopla un diyeridú. Gerard, en la batería, suelta golpes lentos.
A la tercera canción al guitarrista se le reventó una cuerda. Un gringo viejo de pelo blanco, largo, fue a buscar un repuesto. Luego resultó que era el guitarrista de la siguiente banda.
Me gustaba el bajo preponderante. Había luces rojas y luego azules, que teñían el local. Había una canción en español, Cansado, y luego otra en catalán, con la que cerraron.

Cuando presentó Cansado, Gerard dijo que solo había una persona en el lugar que sabía español. Y dijo mi nombre. No estaba cantando para mí, por supuesto. En el local había más de 60 personas, pero sentí algo raro en ese momento. Caí en cuenta de que estábamos en Chengdu, en China, y de que en el aire flotaba un sonido que solo yo, entre toda la audiencia, podía decodificar. Y pensé que ese hecho, que esa capacidad, era el resultado de la herencia colonial, de siglos de esclavitud, de genocidio, de borramiento. Pero no me sentí mal, sino solo consciente de ese hecho. Porque había un puente imaginario sucediendo.
La segunda banda tenía un sonido más plano, instrumental. De pronto se fue la luz. Salimos. Cuando volví a entrar olía como si alguien sudara curry. Álguienes.
La música era más tranqui, más ambient, más como para escuchar de fondo. La gente conversaba mientras tocaban. También había menos público.

Mientras tocaba la primera banda, entre el público había igual cantidad de hombres que de mujeres. Con la segunda la proporción se fue al carajo.
Al salir conocí a una pandilla curiosa: un chico que usaba falda, tenía una flauta japonesa y se drogaba con jarabe para la tos; una que había estudiado arte en Italia y decía que era anarquista; otra que quiere aprender español porque le interesa el flamenco; y otro más que me regaló un libro que había permanecido largo rato bajo la lluvia, todo sucio y con las páginas esponjadas. El libro se llama, justamente, Lluvia. Una novela de Malasia, traducida al mandarín.
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Uno de estos días que llovía, después de pasar mucho tiempo en el apartamento, decidí salir a caminar por el parque del lago del este.
Entonces escribí un poema que podría llamarse 画 que significa dibujo o pintura, y hace referencia al estilo de pintura china de paisajes y plantas y animales.
Una hoja amarilla
cae
y rompe el paisaje
que en la superficie del lago
se refleja
Un pájaro negro
parece
una hoja caída que canta
sobre una rama de bambú
Una mujer de blanco
pasa
y le describe a otra
por videollamada
que ha vuelto a llover.



