Una sintaxis nominal, un ritmo en suspensión. Coherencia interna. Los poemas de José Francisco Robles (Santiago de Chile, 1979) apuestan a la ambición metafísica, a la formación de una constelación conceptual. Un sistema pensado al milímetro. ¿Cómo aprendimos a nombrar? ¿Cómo aprendimos a contar? ¿Qué va a quedar cuando las palabras ya no alcancen?
SE ABRE
Detrás de esta hoja,
la epopeya de las cosas que no suceden,
el amor de un sol que se estira en cilindros,
el odio de un espejo en un cuarto a oscuras.
¿Para qué escuchar el aullido,
el violín amargo de los lobos?
Una fuerza extraña ahora,
no el fragmento que gobierna,
no el espacio,
no los segundos que vienen,
no el ojo de mosca
que parpadea de mil en mil
y vigila.
Hay tanto por qué llorar,
tanta luz que ajustar:
desgranar el iris por la mañana,
reunir pupilas por la noche.
Convocar,
entrar en el cuarto a oscuras,
tantear la falta,
imaginar la imagen.
*
PRIMER SUEÑO
Así aprendimos a contar: sumando
huesos de lobo,
sustrayendo carnes y pieles,
poniendo un alfabeto en tierra.
Yo soy uno, tú eres dos,
ellos son el infinito,
y luego la resta única del cielo,
manos que se abren y cierran
tras el horizonte.
Vuelven los lobos,
vuelven los para siempre.
Los árboles dan escombros,
civilizaciones completas que dicen
para siempre,
para luego decir yo, tú, el infinito,
viviendo en un páramo de alegorías cansadas,
ladrando preguntas a un manojo de huesos
para así aprender a contar,
a hablar de lo que no teníamos.
*
ÁBACO
Es tan solo el pudor de lo solo,
de lo no. Son
los labios del lobo y la loba
que muerden otra vez la noche:
el pudor de sentirse solos,
de sentirse dos o nada,
el pudor que viaja en ladridos
que se alejan de árbol en árbol.
Se cuentan los huesos para creer
que uno se acaba con el vacío.
Junto al fuego
se cuentan
para enfriar lo que respira entre pecho y cielo,
o para sustraer un hemisferio completo,
una copa de tierra y agua.
¿Por qué vamos así, cabalgando así,
en la hondura de una curva, de un afuera,
sobre un vector que termina en sombra?
Los lobos no mueren en vano:
calculan la muerte,
subrayan el producto.
*
NÚMERO NUPCIAL
La primera estación es lo único que tenemos,
el aire propicia lo demás:
desplazamiento,
desgaste.
El tren de los niños se despide
y los abrigos se abrazan fríos y enfermos.
Cuánto tiempo sin cuerpos,
se preguntan,
cuánta hambre en el murmullo.
Qué será de nosotros sin las palabras,
qué será de nosotros sin nosotros.
Las líneas de la tierra se quiebran,
los campos se quiebran,
las ciudades y los desiertos se quiebran,
el camino es frágil,
la meta se desvanece.
Pero más allá,
lejos,
van bajando ríos que escuchan,
que jamás cicatrizan,
cultivos que se ahuecan,
sangre que no corre.
Veamos cómo se llega ahora al decoro.
¿O, acaso, hay un camino más corto a la rabia?
Y pensar que decíamos,
sembrábamos y procreábamos
en esta república de viento.
*
CAMINATA CERO
Aquí estamos, a mitad de otra mitad,
sinfonía perfecta, llegando.
Fueron muchas las veces que me buscó la muerte
y me encontró caminando hacia arriba,
con los ojos cerrados,
bajo soles que se abrían como frutas secas.
Solo polvo llovía de sus alturas,
curvo cielorraso.
Fue un tiempo difícil. Yo era un niño
con pies de madera
y la muerte jugaba a atraparme
como los amantes que nunca se encuentran
––dormidos o ahorcados con sábanas limpias––
tomados de luminosas manos que no eran sus manos,
agrupados en un amor de oscura arena que llovía
sobre caballos de agua y jinetes de agua,
lluvia amarga que cabalgaba,
lluvia que volvía a su nube.
Fueron muchas las veces,
muchas las mitades,
como las hojas que se alejan
de la tinta,
como la madera que abraza al árbol
y lo separa hebra a hebra
de su sombra.
*
FÁBULA
Más allá del fragmento está la idea,
el lobo y la oveja, la fábula,
el cazador sin memoria,
un pájaro que vuela
y se hace hoja en el viento.
Más allá de la idea,
estructuras abiertas, extensos países
donde lo sólido son los sueños
que se desvanecen en otros sueños,
olas de carne
que se aferran a costas de carne,
un compás y una mano
midiendo distancias y caídas.
Todo lo que imagino en esos países
es un sendero de preguntas
por donde la destrucción camina con paso leve,
sin dejar huellas.
Apenas una imagen,
un poema desconocido.

José Francisco Robles (Santiago de Chile, 1979) es profesor asociado del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Washington, Seattle, Estados Unidos. Ha enseñado en distintas universidades de Chile y Estados Unidos. Ha publicado una docena de artículos académicos, así como también relatos y poemas en revistas nacionales e internacionales (Altazor, Carátula, Abismo, entre otras). Entre sus últimas publicaciones están los libros Polemics, Literature, and Knowledge in Eighteenth-Century Mexico: A New World for the Republic of Letters (Oxford – Liverpool, 2021), ganador del Louis Gottschalk Prize 2022 otorgado por la American Society for Eighteenth-Century Studies (ASECS); la novela Historia de la lluvia (Equidistancias: Buenos Aires, 2025) y los libros de poesía Especies (Valparaíso Editores: Granada, 2022) y La isla blanca (Libros de la Calabaza del Diablo: Santiago, 2024). Ha sido editor y co-traductor de una selección poética de Vicente Huidobro, Poetry is a Celestial Attack / La poesía es un atentado celeste (RIL Editores-University of Washington: Seattle-Santiago-Barcelona, 2022), así como de Se escribe en español: Una antología poética del Puget Sound (New Aleph Press, Seattle, 2025), una de las primeras antologías de poesía escrita en español por autores del estado de Washington, Estados Unidos.


