Literatura. Una voz que se mueve, que observa y se interroga sin resolver del todo lo que ve. Con un estilo coloquial, que sin embargo alberga sus glitches, Rosina Lozeco (Santa Fe, 1989) presta una atención minuciosa a las cosas de todos los días; una deriva reflexiva desde el cansancio, la ternura, la duda y el deseo de no olvidar. La negativa, en fin, a ofrecer respuestas tranquilizadoras.
LICENCIA PSIQUIÁTRICA
Se sube un pibe al 71
que subía y bajaba todos los días
en Chorroarín y Triunvirato.
Hace mucho que no me lo cruzaba,
no sé si cambió de trabajo,
se tomó unas vacaciones largas,
le cambiaron el horario,
o estaba de licencia psiquiátrica.
Saco una foto de la Panamericana
y le mando a Fausto como respuesta
a su pregunta
Qué hacés, má?,
cambio
muchas veces la música,
me acomodo
muchas veces en el asiento
estoy cansada.
En Triunvirato y Juramento
la calle llena de vidrios,
una vez me dijeron
que el ruido que hace
cuerpo que cae
contra el pavimento es parecido
al ruido del choque entre dos autos,
algo que nunca voy a olvidar.
Bajo en Blanco Encalada,
tres capas de abrigo y una bufanda,
sentada en el infame asiento
de terciopelo bordó de la línea B
leo un libro que compró mi padre
al lado de un padre
que va con su hijo
comiendo algo oloroso
que no puedo identificar.
El subte avanza lento y viejo,
hay un fuelle entre los vagones
que observo disociada,
fabricados entre 1954 y 1965
hacen tanto ruido que el volumen
de los auriculares al máximo
no es suficiente, me pregunto
cómo será el ruido
de un cuerpo que cae
entre los rieles y las ruedas
de estos vagones japoneses.
THE LESS WE SAY ABOUT IT, THE BETTER
Hace dos meses dejé de fumar,
lo celebramos. Cirujeamos
un diario de viaje de Charles Darwin
el sábado a la mañana en el parque,
le leo fragmentos a mi hijo
en el 106 camino a Retiro,
todo observador
es también un poeta.
Lo que más me gusta de los diarios
es que se escribe por primera vez
con asombro genuino sobre las cosas,
la primera idea sobre algo.
Lo que más me gusta de cirujear
es la sorpresa, el gesto, le digo,
las primeras veces puede dar
un poco de vergüenza,
pero en esta ciudad tan grande
en la que nadie nos conoce
tener vergüenza es una tontería.
Lo acompaño
hasta el colectivo y sube,
me escribe inmediatamente
que hay basura al lado de su asiento,
le escribo que pida que lo cambien,
pero él lo resuelve solo
antes de leer mis mensajes.
Me quedo un toque escribiendo esto
que es como escribir un diario pero
cortado en versos. Lo guardo
para ponerme los auriculares
y volver caminando a casa,
necesito cansar el cuerpo.
Camino por Libertador
escuchando Fletes Rakel
esquivando fisuras, acá son mucho más hostiles
que en Europa, primero porque acá están paqueados
y allá están de la heroína,
y segundo porque acá la gente
le echa la culpa de todo
a los fisuras y a los pobres,
su hostilidad es un acto de justicia.
Llego a un shopping
caro y cheto al que nunca entré,
pensé que no me iban a dejar
pasar así vestida, este híbrido
entre linyera y persona joven,
das villera rusa dicen mis amigos.
Pongo a las Lambrini Girls. Paseo
por la planta baja y doy una vuelta
alrededor de un bar redondo
con mesas redondas
sonriendo, mirando
a las personas a los ojos,
nadie me devuelve
la mirada, ni mucho menos
la sonrisa, las caras
se ven todas estiradas.
Subo por una escalera
mecánica atrás de alguien
que parece un rapero.
Me saco el chaleco de cuero,
me siento en un banco
frente a una joyería.
Me dan ganas de preguntarle
al guardia de seguridad .
que pasa y me mira con sospecha
qué se siente trabajar
de cuidar un lugar
en el que no puede comprar
nada de lo que se vende,
un lugar en el que es
prácticamente invisible.
Sería agresivo de mi parte
así que elijo quedarme
sin esa respuesta.
La imagino en términos
no combativos ni revolucionarios, nadie
combativo o revolucionario
podría trabajar acá.
O sí, qué sé yo.
Tal vez no es un trabajo tan malo,
y mi análisis está atravesado
por mi moral de blanca cis universitaria
quizás para él está bien,
no se hace estas preguntas,
quizás entre estos empleados
de comercio que venden por ejemplo
unas botas de ochocientos dólares y yo
no hay ninguna diferencia, o
por el contrario, todas.
Quizás soy una más de estas
personas que entran acá con la vida resuelta
y para ellos no soy diferente
a las viejas que toman café
de 20 dólares y que no me devuelven
la mirada.
¿Quién soy, qué hago adentro
de este shopping? ¿Por qué elijo
hacerme estas preguntas?
¿Para qué escribo esto?
¿Qué pretensión mezquina
hay atrás de este poema?
34
Salgo de bañarme,
me quedo en bombacha, hace calor.
Uso igual el secador caliente,
con una sola mano, muevo
la cabeza como en las propagandas
de productos capilares,
miro mi cuerpo en el espejo.
¿Cuánto tiempo más me queda
de usar toallitas y tampones?
Renuncié a la posibilidad
de volver embarazarme
después de los 35,
el embarazo de los 19
fue amable con mi cuerpo
vital, jóven y flexible. Suficiente.
Pese a haberlo racionalizado
casi por completo, mi cumpleaños
se acerca y entro
en una especie de duelo.
El cuerpo con el que escribo
es el mismo cuerpo con el que vivo
por eso ahora ando en bici,
dejé de fumar y me cuido más,
parece una obviedad
pero a veces se me olvida,
el cuerpo que me deja
hacer todo lo que me gusta
es el mismo cuerpo
con el que hago todo lo demás.
Dejo el secador, me cepillo los dientes
me pongo cremas y hago caras
de modelos en las publicidades de los 90’
como cuando tenía 9 años,
un pequeño placer
acorde a los tiempos que corren.
PUNKS, ARTISTAS, FISURAS
Anoche soñé con la birome jogger
que me regalaron en el trabajo,
el día que yo renuncie
y me vaya de ahí, nadie
va a extrañarme, ni se darán cuenta,
pasarán algunos días
y me olvidarán para siempre.
Me levanto, chateo con Fortu y Tuti,
los dos ahora están
en la misma franja horaria que yo,
uno en Budapest y la otra en Florencia,
a Tuti la veo re seguido, pero a Fortu
lo veo cada un par de años,
nos queremos mucho
pero me pregunto
si nos olvidaremos en el futuro.
Hoy es el cumpleaños
de un ex-novio favorito, le digo
jaja feliz cumpleaños lokardo
contestando una story,
me pregunto si él ya se habrá
olvidado de mí por completo.
¿Qué pasa con lo que dejo
de mí en los otros, y lo que dejan
en mí los demás?
Le escribo al Darío, me contesta que caiga
a la ocupa, cuando llego
está sentado en un banco de palets
tocando la trompeta. Joao aparece
desde la cocina y cuando me abraza
tiene olor a chivo y a guiso a la vez,
hacemos un mate, nos sentamos en la vereda
hacen malabares, juntos
intentan convencerme
de que empiece a ver One Piece,
los planeros alemanes
prepararon un plato bastante gourmet,
cenamos a las siete
con punks, artistas, fisuras,
nosotros somos todo eso a la vez.
Les saco algunas fotos
con un rollo blanco y negro
que compré por dos mangos. Darío se sienta
como un chico, se ríe y aparece
el mismo Darío que me gritaba
ROSINAAAA en la calle y a mí
me daba vergüenza, a veces siento
que quiero quedarme acá para siempre
hinchando las bolas,
fumando porro,
tomando porrón
pero ya estamos grandes
y mi vida es distinta ahora.
Después nos emborrachamos,
destapan una cerveza a patadas
con un senegalés en una plaza,
yo los miro, presto atención
a los ruidos, al olor
no quiero olvidarme de esto.
Me quedo un rato escondida del frío
abajo de los brazos del Joao
después le beso la cara al Darío
como una tía
y le digo te amo, te amo
muchas veces,
casi lloro pero me la aguanto.
Vuelvo en un bus al hostel,
ahí sí lloro un poco,
preparo la valija
a las 3 de la mañana en pedo,
dejo una bolsa de medias sucias
y un short viejo, un poco de yerba,
un poco de porro sobre la mesa,
dos bananas, un paquete cerrado
de maní salado, un paquete
de tampones.
Sospecho
que todo va a quedar
tal y como lo dejé
unos cuantos días
hasta que alguien
se de cuenta de que yo
ya no estoy ahí.
EN EL PATIO DEL TRABAJO
Hoy casi no trabajo, dedico el día
a la contemplación, afuera,
en la terraza que funciona como un pequeño patio
tomo un mate prestado
y escucho como carga
el tanque cisterna, escucho
el ruido ininterrumpido
del agua cayendo
mientras fumo un cigarrillo
y miro las moscas
revolotear sobre las plantas.
Pienso en la vida que he echado
y en las raíces que no he echado
y en ese día en el que un ex-novio
llegó amanecido a la casa
donde a mi hijo pequeño
lo cuidaba mi madre
cuando yo venía a esta oficina
a trabajar nueve horas por día.
Son flashes de una vida
que aparecen cuando transito
estos lugares de tránsito,
estos lugares por los que anduve
queriendo echar raíces
y no pude,
lugares como este patio en el que
salgo a fumar y observo
a unos jóvenes sentados en un banco,
trabajadores de call center,
mirándome preocupados
preguntándose
qué vine a hacer esta vez.

Rosina Lozeco nació en Santa Fe en 1989. Publicó Moluscos (Iván Rosado, 2014), Cómo perder un trabajo (La Carretilla Roja, 2015) y El brillo de mi descendencia (Club Hem, 2018). Poemas suyos fueron antologados en 30.30. Poesía argentina del siglo XXI (EMR, FIPR, 2013) y Amenaza y Maravilla (Gog y Magog, 2022).


