Ensayo. El auge de la autogestión y la cultura de la autosuficiencia. Talleres, asesorías, experiencias, acompañamientos: una proliferación de ofertas. Entre el mandato de arreglarse solo y la conversión del yo en emprendimiento, pedir -habitar la falta- se convierte en un acto político.

Oferta, mandato y la dificultad de pedir en tiempos de autoemprendimiento
Hay algo que se volvió paisaje en nuestras ciudades —también en el conurbano— y casi no lo notamos: la multiplicación de ofertas. Talleres para “ordenarte”, encuentros para “activarte”, espacios para “reconectar”, asesorías para “potenciar lo que ya sos”. Todo el mundo tiene algo para vender. Todo el mundo abre cupos. Todo el mundo lanza una nueva edición.
Pero ¿quién está pidiendo?
En teoría, la oferta responde a una demanda. Primero alguien necesita algo. Después aparece quien lo ofrece. Sin embargo, en nuestra escena actual, la oferta se adelanta. Se produce antes de que alguien formule una pregunta. Se instala como solución antes de que exista el problema.
Vivimos en una cultura que aprendió a ofrecer, pero desaprendió a pedir.
El discurso dominante insiste en que todo depende de uno mismo. Que si no estás bien es porque no encontraste tu equilibrio. Que si no avanzás es porque no te organizaste. Que si algo falla, la cuenta siempre te da en contra.
La responsabilidad se volvió individual incluso cuando el problema es estructural.
Si no lográs estabilidad, es porque no supiste moverte. Porque no te vendiste mejor. Porque no le pusiste suficiente energía a tu perfil.
Si no prosperás, es porque no hiciste los contactos correctos, no te capacitaste lo suficiente, no te acomodaste. Y el juego —siempre inclinado— nunca se discute.
En paralelo, crece el trabajo informal maquillado de vocación. Sobre todo entre mujeres. Talleres de crianza, de autocuidado, de alimentación consciente, de escritura terapéutica, de bordado político, de círculos de escucha. Espacios que muchas veces nacen del deseo genuino de comunidad, pero que también funcionan como salida laboral ante la falta de empleo formal.
La feminización del cuidado se reinventa como emprendimiento.
Cuidar, escuchar, acompañar, sostener emocionalmente —tareas históricamente no remuneradas— ahora se empaquetan en experiencias aranceladas. No porque haya cinismo, sino porque hay necesidad. Porque hay que pagar el alquiler. Porque el trabajo estable escasea. Porque el sistema expulsa y luego ofrece la autoexplotación como solución creativa.
Entonces la escena cotidiana se llena de “te ofrezco”.
Te ofrezco mi taller.
Te ofrezco mi tiempo.
Te ofrezco mi espacio.
Te ofrezco mi historia.
Cupos limitados. Últimos lugares. No te quedes afuera.
El yo se convierte en microempresa. La biografía, en insumo. La vulnerabilidad, en contenido.
Una tarde, en un grupo de WhatsApp de amigas +30, alguien envía la foto de un hombre. “¿A alguna le interesa?”, escribe. Risas. Comentarios. Ofertas. El deseo circula como catálogo. Incluso el vínculo aparece bajo lógica de stock: disponible, en buen estado, listo para usar.
La escena es graciosa, sí. Pero también revela algo más profundo: ofrecemos antes de preguntar. Mostramos antes de escuchar. Ponemos en circulación cuerpos, proyectos, historias, como si el mercado fuera la forma natural del lazo.
Mientras tanto, el acto de pedir queda desdibujado. Casi vergonzoso.
Pido ayuda.
Pido trabajo estable.
Pido que el Estado garantice derechos básicos.
Pido que me tengan en cuenta.
Pedir implica reconocer falta. Implica admitir dependencia. Y eso, en una cultura que glorifica la autosuficiencia, incomoda.
Imaginemos un portal de demandas. No un catálogo de ofertas, sino un espacio donde las personas publiquen lo que necesitan. Sin promesa de éxito. Sin estética de marca. Solo el enunciado de la carencia.
Necesito un ingreso fijo.
Necesito que alguien me escuche.
Necesito tiempo.
Necesito descanso.
Necesito que esto no recaiga siempre sobre las mismas.
Sería incómodo. No habría brillo. Habría fragilidad. Y también habría política.
Porque pedir no es solo tocar la puerta. Es reconocer que hay alguien detrás. Que hay instituciones, estructuras, responsabilidades colectivas. Que el cuidado no puede recaer eternamente sobre redes femeninas precarizadas.
El mandato actual no dice “obedecé”. Dice “arreglate”. Dice “resolvete”. Dice “armá tu propio espacio”. Pero el efecto es el mismo: la responsabilidad se privatiza y la demanda colectiva se debilita.
En barrios como los nuestros, pedir siempre tuvo otro estatuto. Se pedía fiado en el almacén. Se pedía una mano para levantar una pared. Se pedía acompañamiento en el duelo. No era fracaso; era comunidad.
Hoy el riesgo es que la inflación de ofertas produzca una crisis de la demanda. Demasiadas propuestas circulando. Pocas preguntas formuladas en voz alta.
Cuando todo se ofrece, desear se vuelve difícil. Porque el deseo necesita falta. Necesita reconocer que algo no está dado. Necesita aceptar que no todo depende del esfuerzo individual.
Tal vez el verdadero desfasaje de nuestra época no sea solo económico, sino subjetivo: una sobreproducción de ofertas y una crisis del pedido.
Cuando la oferta se independiza de la demanda, el lazo se debilita. El otro deja de ser interlocutor y se convierte en consumidor. Y el deseo, sin falta que lo cause, se aplana.
Pedir no es solo formular una necesidad; es reconocer un límite y, al mismo tiempo, la existencia de alguien capaz de responder. Es aceptar que no todo está disponible, que no todo puede autogestionarse, que hay puertas que requieren ser tocadas.
Si la época nos empuja a exhibirnos, tal vez el gesto más lúcido sea sostener la pregunta. No ofrecer inmediatamente una versión mejorada de nosotros mismos, sino habitar la falta.
Porque sin demanda no hay política.
Y sin falta, no hay deseo.



