Literatura.En los poemas de Stefano Branca (La Tablada, 2002) todo es materia orgánica o a partir de ella: el cuerpo y sus despojos, el espacio que se habita y los objetos como órganos vivos, la vegetación que invade. Lo ritual: cierto bestiario escolar de uso litúrgico. Lo familiar: territorio fantasmático donde se mezcla lo biológico y lo simbólico.
La camisa verde
Colgaba detrás de la puerta,
como una parra dormida.
La tela, verde bosque,
tenía vetas de helecho,
manchas de polen,
pequeños hilos que parecían lombrices.
Sabía que era la camisa de mi padre,
pero también de un ciervo que pastaba en la penumbra,
un soldado que volvía con el pecho húmedo,
un ángel que se revolcó en la higuera.
Por las noches,
se inflaba con un aliento de magnolias,
de leche tibia,
de carne guardada en un altar secreto.
Y yo, desde mi cama,
oía los botones abrirse de uno en uno.
Un amanecer, me la puse.
Entonces el jardín entero entró en mi pecho.
Yo caminé y la camisa me guió,
hacia un huerto enterrado,
donde mi padre todavía riega las dalias,
y me llama con la voz llena de abejas.
El ropero
Al abrirlo,
no estaban las camisas ni los pantalones:
había un pasillo de piel reseca,
una garganta de roble
que respiraba polvo caliente.
Entré.
El suelo crujía como costillas bajo un río,
de los estantes colgaban racimos de uñas,
medias mordidas por ratas de terciopelo,
un uniforme escolar que lloraba
con botones de leche.
Más adentro,
se alzaba un altar de zapatos.
De cada uno salía una lengua:
algunas rezaban,
otras querían lamerme las rodillas.
Una —blanca, rota en el borde—
me preguntó si todavía soñaba
con el patio de tierra roja.
El aire se espesaba.
Sentí que el ropero se cerraba,
que yo quedaba dentro,
entre los huesos tibios de la ropa usada.
Corazón de durazno
En el baldío de las gallinas muertas
un niño recogía corazones de durazno.
Los lamía con cuidado,
como si quisiera devolverles la piel,
los alineaba en una hilera perfecta sobre el barro.
A cada hueso le daba un nombre de mujer
y lo besaba en la frente.
Del hueso brotaban lenguas de vidrio,
se enredaban entre sí como raíces ciegas,
y en sus puntas ardían flores carnívoras
que respiraban con un silbido húmedo,
como si quisieran llamarlo madre.
Al caer la tarde
me entregó uno de esos huesos.
Lo guardé en el bolsillo.
Todavía se mueve allí,
un animal paciente
que roe mis costillas por dentro.
La procesión
Por las grietas del patio de ladrillos
salió la procesión.
No había velas,
llevaban luciérnagas atadas a las patas
como faroles diminutos.
Iban los escarabajos vestidos de obispos,
con sus capas de óleo negro,
brillando como zapato nuevo.
Detrás, las hormigas,
cargando hojas de rosa
como si fueran cruces de piedra.
Al centro,
un ciempiés descalzo
cantaba en latín,
y cada pata golpeaba el suelo
con un sonido de reloj,
contando los minutos que faltaban
para que el cielo se abriera
y nos tragara a todos,
nosotros, los quietos,
los que miramos desde el umbral
sin entender que el infierno
está lleno de flores
II.
A Marosa di Giorgio.
me hundí
el barro me subió hasta el pecho
el escarabajo me coronó con su polvo
las hojas entraron por mis venas
y en la lengua me crecieron raíces
vos reías
reías como si el cielo estuviera por parir
tu risa se mezcló con el croar de las ranas
con el zumbido del verano
y el corazón del campo que no sabe morir
en ese temblor
vos y yo
la misma criatura
mitad flor
mitad palabra
una respiración que florece

Stefano Branca (La Tablada, 2002) es estudiante de Bibliotecología en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Dictó talleres de literatura queer latinoamericana y de poesía argentina. Integra grupos de investigación sobre editoriales independientes. En 2025 publicó Este lugar era un cuerpo, participó del III Festival Americano de Poesía en Hurlingham y fue residente del FIPR 33.


