El viaje a una montaña sagrada del Tao, un lugar de templos medievales entre la vegetación, la sombra del Emperador Amarillo, que según la tradición estudió en esa montaña, y los puestos de comida y baratijas para turistas. El escritor costarricense Carlos Regueyra Bonilla registra su recorrido en la duodécima entrega de las crónicas tomadas…

Cuando Chabela estuvo por aquí, fuimos a una montaña sagrada del taoísmo. Se llama Qingchengshan o Monte Qingcheng. Según la mitología taoísta, en ese lugar el Emperador Amarillo estudió con Ning Fengzi. La montaña tiene treinta y seis picos y alberga varios templos y monasterios.
Ese fin de semana nos hospedamos en Dujiangyan. Llegamos en tren y pedaleamos hasta el hotel que habíamos reservado. En el trayecto vimos a lo lejos un templo en el pico de una montaña. Ese sería nuestro destino al día siguiente.
Desde Dujiangyan fuimos en bus hasta el pueblo de Qingchengshan, al pie de la montaña. Pagamos una entrada y empezamos a caminar. Una forma de llegar hasta el pico, es trepando por incontables escaleras, pero también está la opción de subir un tramo en teleférico.
Optamos por subir en teleférico y luego bajar a pie.

De camino hacia el teleférico había una laguna que era necesario bordear o atravesar en un bote. En ese caso elegimos bordearla.

La gente compra candados y los pone ahí con inscripciones para “sellar su amor”. Había esculturas de los doce animales del horóscopo chino.

No quería tomar fotos del interior de este templo, pero no podía dejar de registrar su alucinante colorido.

Al llegar hasta arriba, la cantidad de gente y su actitud turística, tomándose fotos frenéticamente, impedía apreciar a cabalidad del lugar: un templo encaramado en el pico de una montaña, desde donde podía mirarse a lo lejos.

Recuerdo que un momento de la subida, Chabe me pidió que esperáramos, para dejar pasar a una tipa que iba escuchando música a todo volumen con su teléfono. Ese tipo de actitudes resultan chocantes, pero son muy comunes en China. Es como si la mayoría de las personas hubiera perdido por completo la capacidad de contemplación de la naturaleza y de los sitios sagrados, como si se tratase únicamente de capturar en la memoria de sus teléfonos la típica foto que registra que estuvieron allí.

Al caminar de regreso nos asomamos a un templo o altar dentro de una cueva. Paramos a tomar y comer algo en un puesto muy cercano a la cueva. Era curioso ver que una familia se hubiera instalado ahí, dentro del área del parque, y que vivieran ahí, de vender comidas y bebidas para los turistas.
Durante el camino de regreso llovía. Fue una caminata larga y agotadora.
Este es uno de los templos que había montaña abajo.
Me gustó en especial el pasto que crecía en el tejado.



