Reseña por Mateo Musuruana.Memoria, oralidad y territorio. Una conversación abierta, íntima y política a la vez. Entre biografía, evocación y diálogo, Zelarayán mi abuelo desarma jerarquías y propone una literatura como práctica común: un espacio donde leer es hablar con otros, reconocerse y disputar el sentido de quiénes tienen voz en la “fiesta del lenguaje”.
Zelarayán mi abuelo busca dialogar con el lector narrando quién es Zelarayán, quién es el abuelo, quién es Pablo Aranda y por qué se elige este tipo de literatura. En concreto, el lector es invitado a hablar. En una entrevista reciente Aranda dijo “para mí leer es retomar una conversación sin fin y no pierdo, nunca pierdo, el entusiasmo de poder meter ahí una frase”.
“Esto no es un texto, es un té con limón”, se nos advierte y la conversación comienza en la reconstrucción biográfica, procedimiento que permite al lector proyectar su vida, la de un amigo, la de un tío o un abuelo y, a partir de allí, intercambiar imágenes, frases, recuerdos y sensaciones con quien escribe. Es decir, se recuperan experiencias de vida que habilitan al lector a reconocerse en ellas, exponiendo la condición política-social del idioma y del territorio compartido. De aquí que Aranda dispara preguntas fundamentales, ¿quién puede hacer literatura?, ¿quién puede hablar de ella?, ¿qué hace la literatura? En otras palabras, ¿quiénes están invitados a la mesa de conversación?
Su encuentro con el entrerriano no es para nada ingenuo ni metafórico. En lo que Zelarayán expresa, en lo que se recupera y en lo que se reelabora, emerge un posicionamiento de clase: desenclasar la escritura, la literatura y el diálogo literario. La narración se convierte entonces en un posicionamiento político en sí mismo, distinguiendo a la literatura como un lenguaje común, accesible a todos, ya sea en registro oral o escrito; al mismo tiempo que la sitúa en un espacio-tiempo determinado, un territorio particular donde las historias que lo atraviesan construyen identidad y pertenencia. “Un pueblo es un idioma, en un territorio”.
Si Zelarayán renegaba de los géneros, Aranda, a partir de su propuesta de conversación literaria, también: “no tengo imaginación. Tengo recuerdos. Eso sí. Recuerdos. Sobre las sobras de mis recuerdos escribo”. La conversación con otros rompe cánones, abre el juego y todo lo que queda adentro pasa a ser algo más que un género; produce empatía y permite al lector-oyente discutir, adherir o emocionarse. He aquí la reivindicación de la oralidad como forma histórica de transmisión de saberes, como potencia popular de construcción de comunidad. “Las palabras no vienen jamás de los libros, vienen del lenguaje hablado”. Una oralidad que no puede desterritorializarse, sino todo lo contrario. El lugar en el mundo de quienes conversan permite que esa acción tenga sentido(s). Los hogares, el barrio, el pueblo, el Paraná, los atardeceres, Buenos Aires y cada una de las peculiaridades del paisaje natural y social configuran un posicionamiento territorial.
Literatura (la de Zelarayán, la de Aranda) que se distancia de las legitimaciones porteñas reivindicando la conversación en común. La centralidad del posicionamiento territorial no deja de lado las angustias y preguntas existenciales y universales de la condición humana. En la conversación quien habla-escribe va soltando interrogantes filosóficos (¿qué es la memoria?, ¿cómo se construye?, ¿qué es la vida?, ¿qué ocurre ante la muerte?) con una potencia afectiva que mantiene a quien escucha-lee en la mesa, aferrándolo a la silla. Y en este juego entre lo particular y lo universal queda en evidencia lo que ciertas tradiciones intelectuales y literarias ocultan: leer no es meramente un acto privado, es una “conversación sin fin”. Leer implica un diálogo constante con nuestros propios recuerdos, miedos y deseos, nuestras propias imágenes y experiencias biográficas con otros. Leemos los cuentos de otros porque podemos contar nuestros propios cuentos, y viceversa.
La propuesta de Pablo Aranda, en diálogo con Zelarayán y con la figura de su abuelo, se inscribe en una tradición que reivindica la conversación y lo político como formas literarias. Lleguemos de donde lleguemos, el corazón se ubica en un lugar determinado y esa elección identifica y abre la discusión. “Una postura, sí, pero más bien una posición de campo, una poética”, donde la literatura es un momento de encuentro, un idioma compartido, un territorio común y una práctica que puede, y debe, desenclasar los saberes.
¡Bienvenidos seamos todos a la “fiesta del lenguaje”!

Zelarayán mi abuelo
Pablo Aranda
Ediciones La Yunta
2025
48 pp.


