Literatura.Una inmersión sensorial en el conurbano; el oído atento al sonido de las palabras. En los poemas de Sean MacGinty (Sudáfrica), el yo se mueve en la extrañeza de lo cotidiano, como “un espía con defectos”. No hay lengua sin dicción, no hay dicción sin cuerpo, no hay cuerpo que no se abra a un territorio.
La Zona Oeste
A primera vista, vos crees que sabes todo lo que hay que saber acá:
nubes vespertinas oxidándose sobre las vías;
humo invisible de diésel, de asado, subiendo al cielo;
el anochecer emborronando con pétalos rosados del palo borracho el techo del museo decaído.
Cruzas cada calle en el centro, pasando
grafitis compitiendo por muros vacíos como piel sin tatuajes;
hasta pichação flameando desde tu propio edificio;
autos que se esfuerzan al acelerar, arrastrando un ritmo de cumbia.
Día tras día habitas los sonidos de este lugar,
disfrutas como te permiten disfrazarte.
Un espía con defectos en este río de movimiento, gritos,
ofertas, humo de escape, reggaetón.
Acá, las calles suspenden la melancolía que acecha cada tarde,
a pesar de la brisa bajo las hojas de jacarandá,
el brillo húmedo del sol en el horizonte.
Desde una fachada ordinaria, escuchás el eco de voces, el lenguaje de esta ciudad:
sonidos como los colores de lentejuelas en la lengua,
consonantes crocantes como un milhojas, vocales llenas de dulce de leche,
vocales igual de tupidas que el verde
de los árboles en la plaza después de la siesta.
Los sonidos te recuerdan que estás persiguiendo una nostalgia que nunca fue tuya,
que te estás convirtiendo en lo que habías querido ser,
y ahora no tenés otra opción que convertirte;
que los grafitis no manchan los edificios, los completan,
mientras son acariciados por hojas colgantes y plumosas,
un alivio de la transpiración a esta hora,
cada hoja ahuecando la luz de la farola, filtrando la oscuridad,
tirándola hacia la vereda en la esquina
donde unas mujeres esperan el bondi con cortinas de terciopelo
que parece que nunca llegará.
Te preguntas cómo podés estar acá, metiéndote en la fila,
entre baches tragando sombras,
y ser tan feliz.
*
Porqué estas preguntas
Porqué estas preguntas siempre terminan con resaca
Porqué a la noche, tomamos fernet en el patio diluido por la luna
Porqué a la tarde, al olvidarme la Coca, pasé por donde los charcos esperan la lluvia
Porqué al mediodía, salí para el quiosco y sentí la brisa en las calles casi vacías
Porqué a la mañana, escuché el anuncio de tormenta en camino
Porqué si no, amanecemos todos los días en sequía
*
La llegada de una lengua
La llegada de una lengua
llegó a cubrir un continente,
incluso el dorado, con una manta
hecha y cosida
de palabras y ritmos
y además venenosa;
un veneno dulce al oír,
hasta suculento
en la boca también
que se mueve suavemente
debajo de la piel,
en las venas, tus venas abiertas,
abiertas por el idioma;
hasta que el veneno fluía y fluía,
remplazando toda tu sangre.
Esta lengua sangrienta,
escuchada en el churrasco rasgado por la jota,
y palabras estiradas por las pampas,
a lo largo de un camino
que termina en una costa,
el lugar de todas sus llegadas.
*
Hora de dormir
La mesita de luz con sus patas flacas y cortas
como un arbusto bajo de vegetales nocturnos:
el desodorante detrás del perfume empolvado;
un paquete de pañuelos, mal cerrado;
el celular con la pantalla manchada
de huellas del día que terminó;
un espejito plástico, poco usado.
Estas cosas me pertenecen,
pero sé que no soy su dueño.
En otro mundo, son los dueños de mí.
Ni hace falta un velador para ver en la oscuridad acá,
para sentir este aliento de madera,
esta lealtad, arraigada, a mi sueño.
Ausencia ancestral
Ella corre por el pasto
entre plantas y árboles
tambaleando con asombro
le gusta y le asusta
su mundo tan puro, fresco y nuevo
no hace falta más que una palabra a la vez
como yo tropezando
en búsqueda, en aprendizaje
de los orígines de Thoth de la mitología egipcia;
los árboles llamados pindó, mbaracuyá
y otras palabras fermentadas del guaraní;
los principios del lunfardo de biyuya, cachengue, patovica;
los dichos camaleónicos de ǀKágge̥n;
el sol de los Incas que encuentra el oro;
pisando por un jardín, cálido y verde con conocimiento,
y quizás demasiadas palabras,
buscando, aprendiendo
sobre los orígenes de todo
menos los míos

Sean MacGinty es un ciudadano sudafricano residente en Buenos Aires, cuya poesía ha sido publicada tanto en revistas literarias sudafricanas como en el extranjero. Su poesía en español ha sido antologizada en Antología Malvinas, Identidad y Cultura, y en 2023, uno de sus poemas fue finalista del Premio Nacional de Poesía de Sudáfrica. Su primer poemario, Returning Signs, fue publicado en 2025 en Sudáfrica.


