Una voz oracular. El dominio de una lengua como rito de iniciación. El cuerpo como un mapa universal. En estos poemas circulares, el venezolano Jairo Rojas Rojas (Mérida, 1980) canta una cosmovisión: el mundo es una especie de escritura que hay que aprender a leer. Vocales, sílabas, alfabetos, oraciones; huesos, sangre, médulas, ríos, árboles; estrellas.
Soy la mensajera de los huesos y de la sangre —dice—
si no entiendes mis palabras será mejor que recuerdes
y escuches tu cuerpo—dice—
mi voz abre una carretera —de ida—
inhóspita es mi herencia y tú sabrás descansar en el vacío
tu reino empezará cuando reordenes las vocales
y digas tu nombre
la carretera que caminarás —siempre— vuelve a la fuente
nido de luz —es este paisaje— bajo sombra
la fuente de la que hablo no es de mi reino
la tierra que te busca
tiene una senda que empieza con ausencia
la suma, —digo—, que aprendí se hace con los cuerpos oprimidos
el comienzo del dolor abre un camino
al mar —escucho—
todo lo creado se va con un muerto (solitario)
atento al cielo que reactiva tus raíces
mi enemigo
porque ¡yo soy la voz! ¿de la niebla?
(shhhh)
te advertí —dice— que acá solo hay silabas partidas
para renacer los nombres —de tu estirpe—
la sombra esconde tu oración
la oración es el nido (de la luz)
he aquí mi bastón violento
si te golpeo (en tu frente constelada)
es porque yo también me distraigo
tu vida
en la hoguera he puesto tu vida
mírate —en el fuego—
mírate —apretando diente si gustas—
mírate —desaparecer—
y aparecer en el equinoccio
en tu medula hay ¡galaxias! que te esperan
escucha
tamaña luz (sonora)
tu corazón frente a las tinieblas se prueba
el emperador al alcance de la mano
tiene sed
eres tan antiguo como este tambor
que habla con los elementos
tanta furia la necesitarás cuando te deje .solo.
ayúdate —mirando el rio— que nunca se detendrá
eres el que falta
la luz negra que te ilumina —es así—
porque estas lejos de ti, —escúchate—,
tu alma lleva las manchas del cunaguaro
eres un bicho —eres un dios
para que no te preocupes te daré
una montaña
y un árbol amarillo
Del libro La forma del derrumbe (2026)
*
Porque nací en una vastedad
que cabe en otro cielo
porque hay un niño que se pierde en la casa
adentro del agua
y ahora es un animal que veneramos
porque en este lugar nació la poesía
con siete sombras danzando
contra un cielo dorado
porque el miedo debilita a mi madre
y ella sopla humo sobre piedras
como si fueran sus hijos
porque mi padre corta la tormenta
encima de las sierras
y cansado atraviesa un desierto
y va
porque hay un cementerio indio
arriba de cada transeúnte
y voy
así lo cuenta quien se acerca al brillo trémulo
de su alma
así se abre la tierra
cuando los niños duermen
sobre pájaros que sueñan lo mismo
así calla quien no escribe con huesos
así porque nacimos en la vastedad
en una mano el mar
en la cabeza el cielo y sus signos
en el ojo un árbol que crece
en la oreja la palabra que creó el mundo
en los pies todas las estrellas posibles
en el abdomen el balanceo de la primera letra del universo
en el sexo el fuego del palacio
en las rodillas el alimento de los pájaros
en el ombligo el dios despertando
así lo cuenta quien llama como puede
y va
acá viene el que se fue
acá lejos te roza
acá la luna se posa en tu hombro
acá es allá siempre y viceversa
acá regreso al sur vuelvo y regreso y así
y voy
Del libro La forma del derrumbe (2026)
*
Desconozco quién colocó el mar
en mi mano
desde el primer día del mundo
música
removiendo las sombras de mi pulso
música música
voy en savasana camino
voy callado detrás de la tortuga
que atravesó el cielo
«muchacho: escucha
tu cuerpo constelado», dijeron
«hijo: arrímate al camino
que está bajo el agua», escuché
vuelvo a caminar encima de mi cuerpo
quieto
el mandato, sabes, está en las tripas
vaciado de información voy o vengo,
no sé
lento de otro mundo la misma sed
vuelvo al ritmo como tú
como animal apedreado por inútil, dicen
te escribo para ir ahí hoy
para que se cumpla como siempre
el gruñido del NO ante ondas malditas
he anotado todo lo que vi
detrás de mi nombre
voy tras mi cuerpo, alguien me nombró
creo
sin patria ya cubierto de vocales
que se me caen del cuerpo
camino
voy muerto dos veces naciendo siempre
viajo para visitarme
llevo paledonea, guarapo, quinchoncho,
mazamorra, cachapa, melcocha,
golfeado, tequeño, carabina,
majarete,
guapito, pisca, sancocho,
guasacaca, cambures, chirimoya,
chayota,
miche, calentao, chicha, cocuy,
pocicles,
llevo los recuerdos de un enfermo
que vi una vez
despidiéndose del sol
y la semilla de la aurora boreal del vainero
de niño solía caminar en la montaña
sin destino alguno
perdido / de niño / otra vez /
recolectaba rocas que me llamaban
para hacerlas hablar y aprender
tenían un alfabeto que se movía
como el agua / ¿un destino?
había niños corriendo adentro
(de la roca)
quería escuchar lo que hablaban
estaba dispuesto a escuchar
estaba dispuesto a curtirme de esa lengua
parecida a las entrañas del animal,
de la hoja o de la nube
hacía círculos con las rocas y sin saberlo
armaba el mapa del cosmos
años después cuando volví a esa tierra
serían las montañas más altas
de este país y de otros
llenos de animales ancestrales
en los árboles que los cobija
—esa—forma—de—luz—propia—
que me amó porque no me esperaba
abriendo el camino que permite ir
a mi casa más lejos
noté que era el mismo alfabeto
en los ríos del cielo
recuerdo que yo no hablaba
y estaba enamorado de ese fluir
de cantos sin sentido en la mente del mundo
de risas junto al azul ahí y acá
de juego con los muertos
son recuerdos que quiero recordar
recuerdo que alguien tomó
una de esas rocas oscuras
y me abrió la sien
y quedé flotando en un charco de sangre
mirando la procesión de nubes
sus animales y mensajes, sus torres
y templos
—insular—
estaba dispuesto a escuchar
todas las historias
de un tipo de niebla
fue la primera vez que llamé
a mi madre en la montaña
agarrando la mano de una estrella
pero llegaron seres teriomórficos,
árboles que supieron morir,
ángeles sin conocer un espejo,
monstruos caminando
sobre los chacras del día,
vientos que no son de nadie,
lluvias del primer día del mundo,
y todos sonreían
estaba dispuesto a seguir leyendo
el cielo gris y caminé
herido —¿atravesado por la luz?—
desconozco quién colocó el mar
en mi mano
(…)
Fragmento del libro Parte del relámpago (2021)

Jairo Rojas Rojas (Mérida, Venezuela, 1980). Lic. en Historia del arte. Poeta y librero. Ha publicado los libros de poesía: La forma del derrumbe (2026), Parte del relámpago (2021), Geometría de la grieta (2020), Pasear lunático (2018), Los plegamientos del agua (2014), La O azul (2014). Ha sido galardonado, entre otros, con los premios: XX edición del premio de poesía Fernando Paz Castillo (2014) y la XIX Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre (2013). Parte de su trabajo ha sido incluido en las antologías: Nos siguen pegando abajo. Brevísima Antología Arbitraria Colombia- Venezuela (2020), Nubes: Poesía Hispanoamericana (2019), El puente es la palabra. Antología de poetas venezolanos en la diáspora (2019), Uruguachas. Poética en Uruguay (2018), #Nodos (2017), Del caos a la intensidad. Vigencia del poema en prosa en Sudamérica (2016).


