Dos librerías donde se lee literatura occidental en chino, se bebe cerveza y se discute a Borges, Salinger, Wharton, Greene, Fitzgerald y Chéjov. Entre las dificultades del idioma y el cansancio de escuchar conversaciones en mandarín, Carlos Regueyra Bonilla reflexiona sobre la relación entre vida y escritura. Undécima entrega de las crónicas tomadas del diario de su viaje a China, Junto al río Fuhe.

En el corazón turístico de Chengdu, cerca del centro, hay una pantalla gigante. Frente a ella se amontona la gente venida de todas las provincias de China. Miran un anuncio tras otro, un anuncio tras otro. Hasta que de pronto aparece lo que estaban esperando: la imagen animada de un panda digital. Entonces, levantan sus teléfonos y graban aquella maravilla para llevarla como souvenir. Hace algunas semanas le tomé una foto a la inaudita postal que conforman.
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Hoy fui a dos librerías. La segunda es la de siempre, aquella en la que conocí a la gente de Hiperson, a la que he estado yendo a un ciclo de lecturas de relatos breves. Los textos se leen en chino, pero yo busco versiones en inglés o español. El primero era un cuento de Borges. La primera librería a la que fui en la tarde es una que vende cerveza, además de libros. Ya había estado el otoño anterior, pero esta vez fui porque ahí me citó un mae que conocí, precisamente, en las sesiones de lectura de la otra librería.
En aquella ocasión era un cuento de J. D. Salinger: «A perfect day for bananafish«. Me había llamado la atención su computadora, que tenía muchas calcomanías. Una de ellas era de Palestina, otra era una A dentro de un círculo, pero fue él quien me habló primero. Me preguntó de dónde era y resultó que había vivido en Colombia durante seis meses. Sabía unas cuantas palabras en español, pero lo verdaderamente interesante era que estudiaba historia en Estados Unidos. Ahí se había interesado por la confección de libros y había producido uno, encuadernado por sus propias manos, con variedad de técnicas de impresión, acerca de un grupo de estudiantes chinos que había asistido a la misma universidad en Colorado cien años atrás. Me recomendó algunos libros sobre historia de Chengdu en la primera mitad del siglo XX, intercambiamos contactos y quedamos de vernos otro día.
Hoy, cuando llegué a la librería en la que me citó, donde también venden cerveza, estaba jugando Rummi Q con otros amigos. Uno de ellos estudia literatura en Alemania. Me dijo que le gustaba Sebald y Bolaño, y también había leído a Cortázar, a Borges y a Darío. Además, me contó que escribe, sobre todo ficción. Y señaló un problema que atraviesa el ánimo con el que escribo estas palabras: me habló de su reticencia a escribir sobre su propia vida, a exponerse.
Algo similar me dijo, más tarde, otro mae que trabaja como profesor de inglés, en la otra librería, a la que fui a la sesión de lectura. Esta vez se trataba de El curioso caso de Benjamin Button, de F. S. Fitzgerald.
Durante la sesión, en la que también comentaron El gran Gatsby, y las respectivas películas que de ambos textos se han hecho, aunque no con demasiada fidelidad, un tema de preocupación de la concurrencia era la calidad del amor de los personajes femeninos: ¿ella realmente lo amaba?
Después de terminada la sesión, conversando con ese profesor de inglés, cuyo acento era perfectamente fluido, me contó que tocaba guitarra y componía canciones, pero que temía dedicarse profesionalmente a ello porque no quería exponer su intimidad. Era una mezcla entre temor a la censura y la persecución política, y a la homofobia.
Aunque los motivos de mi preocupación son diferentes, también dudo acerca de qué tanto exponerme en estos relatos, considerando la rara variedad de lecturas que reciben. Han sido tiempos intensos en el nivel sentimental, pero me abstendré de entrar en detalles. Lo digo para justificar la falta de asiduidad en estas publicaciones.
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Lo que sigue es un conjunto de apuntes tomados durante las sesiones de lectura a las que asistí.
La primera sesión fue sobre “Abenjacán, el Bojarí, muerto en su laberinto”, de Borges. Al respecto yo había tomado algunos apuntes en chino con la intención de compartir con el grupo, pero al final me intimidé y no lo hice. Quizás habría valido la pena hacerles saber que el sentido del humor es muy importante en Borges, y que la idea de dos amigos aventurando conjeturas acerca del relato de crímenes, es decir, de crímenes hechos de palabras, es decir, imaginarios, es una proyección de la práctica que sostenía el autor, en la vida real, con Adolfo Bioy Casares. Creo que el grupo de participantes no entendió el cuento como un juego.
En esa ocasión había unas ocho personas. Una de ellas, cuando dije que era de Costa Rica, me saludó en español: Hola, dijo. Había recibido clases de este idioma en Estados Unidos, pero sabía poco más que contar hasta diez. En esa primera sesión había un mae cachetón, de anteojos y barba, alto en relación con el promedio de estatura del sur de China, quien hablaba bastante y parecía tener opiniones afinadas. Hablamos un rato y luego habríamos de hacernos amigos, con el paso de las sesiones.
En la segunda leímos «Roman fever», de Edith Wharton. La concurrencia cambió ligeramente, llegaron personas nuevas y otras que habían estado el día anterior no lo hicieron. El cuento resultó interesante desde el punto de vista técnico: una conversación entre dos mujeres mayores va delatando parte de su pasado y los secretos que se han guardado por años. Aprendí la palabra 伏笔 que significa algo así como las pistas acerca de un trama. Eso que el diálogo de las mujeres va dejándonos saber.
Ese día, la conversación derivó hacia qué tipo de textos le gustaba leer a cada quien. De ahí pude entender que existe una necesidad de representación de los problemas, asuntos y estéticas de la gente joven.
Después tocó un cuento de Graham Greene titulado «Mortmain», acerca de la presencia persistente de la antigua novia en los primeros días de una pareja recién casada, a través de cartas que aquella ha ido dejando escondidas en distintos lugares de la casa de la pareja. Hacia el final, el personaje lee un poema de Browing en que hace referencia dos líneas: “they are one on one, with a shadowy third”. En la versión china dice 一个隐约的第三个, pero 隐约 (yinyue) significa indistinto, ambiguo, lo que le hace perder el sentido sombrío y amenazante de shadowy.
La chica de la librería que coordina las sesiones, que se llama Yanzhen, estableció una relación entre lenguaje sencillo y necesidad de publicar para ganar dinero. Puso el ejemplo del lenguaje florido de Flaubert, en contraste con Graham Greene, quien habría necesitado escribir sencillo porque necesitaba vender. Si bien lo consideró, no enfatizó lo suficiente, según yo, la naturaleza de las publicaciones periódicas (en las que se publicaban los relatos de G. G.)
Otro de los participantes señaló un detalle al que no había prestado atención: cierta “adorable” cortedad de entendimiento o de intelectualidad por parte de Julia, la recién casada, quien no solo no sabe de poesía, sino que parece no entender la gravedad de la inmiscusión (una la exnovia de su marido se metió a la casa con una copia de las llaves que tenía y dejó sembradas cartas dirigidas a ambos escondidas por la casa).
Se hizo una ronda para definir 嫉妒 jidu, celos, cuya escritura en mandarín es curiosa porque en ambos caracteres contiene 女 , que significa mujer.
Tomé otro apunte en mandarín que pretendí compartir -pero me abstuve- acerca de cómo todos estos relatos tenían en común la importancia del diálogo (dislocado, en el caso de las cartas, es decir, un tri-álogo) y la configuración del pasado como una amenaza.
Durante las sesiones me sucedía que por un rato tenía el cerebro muy despierto, muy atento a lo que se decía, esforzándome al máximo por entender todo. Luego, me pasaba que mis pensamientos divagaban hacia mis propios intereses o reflexiones acerca de los cuentos y acerca de los textos que he estado intentando escribir por mi cuenta.
En la sesión del cuento de J. D. Salinger, que mencioné arriba, tomé apunte de esta frase: 创伤后压力紊乱 (chuangshanghou yali wenluan): desorden de estrés postraumático. También 文身 (wenshen): tatuaje.
Hubo varias sesiones a las que no asistí porque me enfermé y porque viajé fuera. Volví a la sesión dedicada a «El curioso caso de Benjamin Button», cuya idea es llamativa u original, pero su ejecución imperfecta. El relato está lleno de inconsistencias. No dejo de pensar en Viaje a la semilla, de Alejo Carpentier, que parte de una premisa similar, en cuanto al tiempo corriendo hacia atrás, pero mucho mejor lograda.
Ese día, anoté: escuchar estas conversación cien por cientos en chino me produce siempre un cansancio mental tremendo, me agoto, especialmente hoy, que dormí muy poco por tener el horario de sueño trastornado.
El profesor de inglés, que resultó ser también cantante, señaló como el centro del relato la idea del secreto. Para él, el cuento es acerca de una familia que tiene un secreto que no quieren que otros sepan y las inconsistencias como la ausencia de la voz de la madre que da a luz a un anciano son comprensibles síntomas de época.
En la última sesión no había un texto asignado, sino que cada día podía traer a colación el cuento de Chéjov que quisiera, y la exposición no estaba a cargo de Yanzhen sino de un profesor, aparentemente experto en literatura rusa, de apellido Wang.
Su hablar era mucho más complicado. La concurrencia también era diferente. Más de la mitad de las personas no habían llegado a las sesiones anteriores. Daban la imprensión de ser discípulos de ese maestro. El tipo tiene el pelo rapado y algo en sus dientes frontales me hace pensar que están torcidos o rotos. Tiene unos anteojos de montura plateada, muy discreta, que a veces se vuelve invisible desde el ángulo correcto. Como me cuesta seguir la exposición porque el nivel de dificultad está más elevado, me distraigo en estos detalles. Pude reconocer que habló de la dificultad de escribir realismo y de los diferentes estilos de realismo de Tolstoi, Chejov y Dostoievski.
En general, fue una gran experiencia haber asistido a estas sesiones. Me permitió reflexionar sobre literatura de una manera que no había estado ejerciendo recientemente, me aportó algunas ideas para mis propios textos, y pude conocer gente nueva e interesante.



