Reseña por Nicolás Ricci.Este tratado doble del ensayista inglés Thomas Browne (1605-1682) es una ventana a una época de transición en el pensamiento filosófico. Con traducciones de Angela Signorini y Pablo Maurette, la versión de Ampersand rescata y actualiza un clásico del siglo XVII que declara ocuparse de la muerte y de la vida, en ese orden, para entregarse luego a una deriva que muchos han calificado de maníaca.
Ensayista, médico cuando la medicina era una práctica muy distinta a la actual, coleccionista obsesionado por los objetos del pasado en una era iconoclasta, Thomas Browne fue, ante todo, un hombre del XVII inglés. En la Europa letrada de entonces convivían mito y razón, sin terminar de reconocerse el uno al otro. Era una época bisagra entre el Renacimiento y la Ilustración: Galileo y los telescopios eran una novedad y seguían vigentes la teoría de los humores y la de la generación espontánea. Sin embargo, Browne se consideraba un científico, incluso un enemigo de la “ingenua creencia”; en su ensayo se pronuncia contra “la superstición actual”, que, escribe, “perpetúa demasiado ostensiblemente la insensatez de nuestros antepasados”. En su prólogo, Pablo Maurette narra un episodio de la vida del autor que ilustra este panorama: Browne participa en un juicio como especialista y alega allí que la brujería en efecto existe; el proceso termina con la ejecución de las dos jóvenes acusadas.
Estos Tratados sobre muerte y naturaleza componen en realidad un libro doble. La primera mitad, Urnas sepulcrales, es la parte más célebre y citada (por ejemplo, el inolvidable epígrafe de “Los crímenes de la calle Morgue”). En 1655, no lejos de la ciudad del autor, unos excavadores encuentran decenas de urnas funerarias con cenizas humanas. La fascinación que el hallazgo opera en Browne es la génesis del texto, que no tardará, sin embargo, en desprenderse del hecho. En su rol de científico, Browne arriesga hipótesis (equivocadas) sobre la época y la proveniencia de las urnas, y hasta somete el contenido a experimentos. Esto le da pie para compendiar y comentar los ritos funerarios en distintas sociedades. El estilo de Browne, grandilocuente, enciclopédico, exaspera la enumeración, el “pasar revista”, abarcando todos los temas que pudiesen considerarse cultos en su época: botánica, estrategia militar, arquitectura, biología marina, anatomía, simbología y desde luego teología. El tratado, que toca temas como la fama y la desaparición del individuo, no se limita al terreno de las abstracciones; ahonda en la descripción de la ruina de los cuerpos, “la brutalidad de algunos finales”, “la deformidad de la muerte”, todos aspectos materiales que Occidente prefiere reprimir.
La primera parte puede leerse como un ensayo acumulativo ideado por un entendimiento demasiado lejano en el tiempo, por lo que poco de los saberes antropológicos o históricos que allí aparecen, y por el modo en que son presentados, resiste en la memoria. Pero es en la segunda mitad, El jardín de Ciro, donde el libro revela su esencia y su singularidad: la locura. A partir de la disposición en que fueron plantados los árboles en los jardines de un rey persa, el médico filósofo indaga la historia natural para encontrar el quincunx, o “disposición quincuncial”, que en principio no es más que la forma de los cinco puntos en un dado. Browne busca y encuentra ese orden, el objeto de su manía, en todas partes. Cualquier semejanza se convierte para él en confirmación; todo alimenta la hipótesis de que el orden quincuncial es una figura divina presente en la trama misma de la naturaleza.
Mucho más excepcional que el primer tratado, El jardín de Ciro se lee como el discurso de un demente (“cosmovisión maníaca”, apunta Maurette en una nota al pie), que adopta la locura como método, como lógica derivativa del pensamiento. El planteo pasa de la “ordenación quíntuple” a las equis, rombos y romboides, y más tarde a un nivel superior de desparpajo lógico: “la naturaleza encuentra deleite en el número cinco”, “todas las cosas son vistas de manera quincuncial”. Desde luego, para un hombre tan aferrado a las tradiciones de pensamiento mágico que la ciencia de su tiempo no terminaba de secularizar, tan ávido -digamos- de fijismo, una forma ubicua venía a confirmar la sospecha de que el universo era ante todo orden y no caos. Por eso, hacia el final de su tratado Browne se regocija con “el hábito de la naturaleza de geometrizar y de observar el orden en todas las cosas”. “La naturaleza es constante”, dirá ya en las últimas páginas, evidenciando una concepción muy distinta tanto de la moderna como de la de los antiguos (la phýsis griega, asociada más bien al movimiento y la transformación).
Maurette dedica un lugar especial en su prólogo, casi inevitablemente, a la relación del médico con Borges. Como sucede con De Quincey, Leon Bloy y otros, Browne quedó marcado por la inclusión en el catálogo borgeano, que pesa, al menos en este país, tanto o más que sus obras individuales. No es difícil entender la admiración que Browne suscitó en el joven Borges. La ostentosa erudición, la apelación constante a una biblioteca amplia (que constaba de clásicos grecolatinos y de contemporáneos del autor, muchos de ellos ya olvidados, de los que poco debe circular más allá de estas citas; o sea, a un paso de ser apócrifos). La premisa de El jardín de Ciro, no leída al pie de la letra sino -como se hace acá- desde una lectura anacrónica, pudo haber sido la fuente para “El zahir”, aquel cuento sobre una obsesión tal que el objeto (una moneda de veinte centavos) anula el resto de las cosas del universo y se confunde, finalmente, con el universo. Pero quizás lo que Borges heredó de Browne, más que ninguna otra cosa, fue la vocación de divulgador. Borges, que no le enseñó a nadie sobre Schopenhauer pero cuya lectura tiene a este respecto algo de efecto placebo, que no tuvo reparos en publicar introducciones al budismo, se acerca a Browne en lo que tiene de sofista.
Los dos tratados, publicados originalmente en 1658 y de manera conjunta, dibujan un itinerario ascendente que va de la dispersión de las cenizas al orden y de los despojos mortuorios al verdor de los jardines, y por ese camino a Dios. No está claro en qué medida sus contemporáneos podían tomar este libro como fuente de conocimiento. Quizás el renombre como figura pública le haya garantizado entonces una recepción acrítica. En todo caso, tal lectura es imposible desde hace varias heridas narcisistas. Su gracia, que no es poca, se da casi enteramente contra las intenciones de su autor. Esta reside en la particular prosa browniana (todavía demasiado atada a la sintaxis latina, tendiente a comenzar las oraciones con una extensa cláusula de sujeto), y en lo que nos informa de una mente barroca y de un siglo difícil. La edición de Ampersand ofrece notas esforzadas, que no se limitan a los apuntes marginales de Browne ni intentan reproducirlos todos. Frecuentemente, el libro se justifica con la felicidad del estilo bien volcada al castellano: “La iniquidad del olvido dispersa ciegamente su amapola y trata la memoria de los hombres sin distinguir el mérito a la perpetuidad”.

Tratados sobre muerte y naturaleza
Sir Thomas Browne
Traducción de Angela Signorini y Pablo Maurette
Ampersand
Abril 2026
220 pp.

