Reseña por Valentín Brito.Hay múltiples relaciones entre poesía y conocimiento. El poemario de Diego Brando puede leerse como un acercamiento tentativo a un objeto en fuga. Valentín Brito indaga una escritura que hace de la incomprensión la condición misma de la mirada. En definitiva, una poesía de la percepción. Leer poesía ya es, como decía José Kozer, «acceder por la misteriosa vía del desconocimiento al conocimiento intuitivo de un texto».
Wallace Stevens señala, en una carta de 1940, que “ya no pensamos que Dios fue, sino que fue imaginado. La idea de la poesía pura, la imaginación esencial como objetivo supremo del poeta parece ser, al menos en potencia, tan grande como la idea de Dios”. Algo de esa potencia se traduce en los poemas de Un cuadro que no se comprende, de Diego Brando (Córdoba, 1987). Su poesía no se conforma con el coqueteo a la idea de Dios, sino que, como la imagen que inicia el libro, es
Un pájaro que temprano
Aplastó su cara contra el asfalto
Sin esperar migajas del cielo
Si la palabra dios aparece, no es más que una figuración, una ventana hacia otra cosa: el silencio, el dolor (“¿Esto ha sido todo Dios? ¿No hay más/ que callar y sucumbir?”) o el miedo y sus efectos (“Señor/el miedo me ha dejado/ como un pájaro/ en la niebla”). En consecuencia —a contramano de lo que señaló Nietzsche respecto de la lírica moderna— no hay restos de “pensamiento metafísico” en la lírica de Brando; si bien moderna, no recae en la queja melancolía, pseudo-romántica, ante un orden superior extraviado. Hay, eso sí, un renovado intento por poner color e imagen a lo que no se puede acabar de nombrar. Ese misterio esencial obliga al lector a volver una y otra vez sobre estos versos que, pese a su brevedad (no exceden la carilla n°1 de la página), acumulan imágenes de una hábil potencia imaginativa; frutos de una sensibilidad que ha sabido encontrar en la ruta de madrugada, en los pies de alguien sobre la arena o en moscas sobre un vaso roto una belleza que, por fugaz, no es menos cierta.
“El acto de una/ intuición hecha a la medida de lo alucinado”, sentencia un poema central, casi tímida poética, del libro. Quizás, como en algunos cuadros de El Bosco, por la profusión de objetos sobre el telar o, quizás, como en los cuadros de Andrew Wyeth, por su simpleza aparente, los poemas del libro descolocan al lector desde el primer contacto. Cada uno funciona como un cuadro que, en principio, no se comprende, pero moviliza una serie de impresiones. La incomprensión, sin embargo, no cede a la alucinación. Tampoco busca dislocar sentidos mediante la fuerza descarriada del lenguaje. Estamos lejos del neo-barroquismo al estilo Piccoli, Perlongher o derivados. La intuición, principio ordenador, no por ello racionalizante, se coloca a la altura de lo alucinado. Se busca la imagen desde (en) el caos para extraer algo de él, abigarrada serie de impresiones que el ojo-Brando enfrenta, sufre, interroga, dispone, selecciona.
“Si ustedes tan solo vieran, / es como si se creara de nuevo el mundo”. He allí la clave. Heredero del hermetismo de Mallarmé (la cita que abre el libro da nombre al conjunto), no se traduce en oscuridad. El trabajo aquí, más bien, se orienta a la concreción de estados. El verso, a fin de que el ritmo desenvuelva una forma propia, se escancia de modos tan disímiles como específicos. Estos pequeños cuadros exigen una apacible detención que no suprime la razón ni el éxtasis, sino que las conjuga en torno a una serie de visiones cargadas de emoción, colores e imagen.
El ut pictura poesis horaciano no corre, aquí, el riesgo del clisé; vale en cuanto esta poesía busca abrirse paso, como el pincel ante el telar en blanco, mediante la concreción de formas sensibles. Pájaros, playas, cadáveres, nubes funcionan como aproximación al miedo, el amor, la desesperación, el error, el silencio. Las escenas construidas —sin olvidar el carácter sucesivo de la lengua— no solo se presentan, sino que generan movimiento, uno sutil, despiadado, a veces hermoso, que no intenta comprarnos desde la primera “pasada”. De allí que la “estética” de Brando proponga, implícita, una de las máximas de Girri: Mal síntoma. Que el poema se deje ver de una sola ojeada.
Casi llevada al extremo, Un cuadro que no se comprende hace del dictum girriano su piedra de toque, exige un ojo que no se empache rápido. De ese modo, si la detención es visión, la incomprensión es principio de sensibilidad. Hacia el final del libro, el yo que dice, pero no impone, pronuncia: “Mundo que no comprendo y amo”. La incomprensión (hermana lejana de la incertidumbre) adquiere un carácter positivo. No entender obliga a ver, mata la indiferencia taciturna (como dijera, alguna vez, Darío). Esa sutil perturbación busca abrir una ventana en el telar de lo prosaico, en la aparente nulidad de la inmediatez. La poesía, entonces, no nos acerca otro mundo, sino que muestra un pedazo inadvertido de este, sin ignorar su horror y oscuridad. Brando concreta, en ese sentido, no solo una literatura, sino también una toma de posición ante lo circundante, una nueva forma de ver.

Un cuadro que no se comprende
Diego Brando
Editorial Vilnius, 2025
Córdoba
59 pp.


