Reseña por María Lobo.La nueva novela de Edgardo Scott (Lanús, 1978) es una suerte de policial narrado por el propio asesino, donde el enigma importa menos que la melancolía de los espacios urbanos. Un personaje cercano a la lógica de los villanos de Marvel, que en el spleen de la ciudad, de sus aeropuertos, encuentra el espacio para que la bestia contemporánea irrumpa.
Se atraviesa, se recorta, se corre algún velo. Se vuelve al pasado: ese lugar-yacimiento de otras lecturas y formas que se han incrustado en la retina. Se miran las cosas otra vez, entonces se escribe. En algunos libros, esa conversación con el muro anterior de la literatura no sucede —están esas obras: las que se hablan a sí mismas y que, quién sabrá por qué razones, de todas maneras alguien decidió que debían imprimirse—. Y luego están los libros donde los fragmentos de escrituras pasadas relucen en una intemperie. Yo soy como el rey de un país lluvioso es uno de esos libros. Edgardo Scott escribió una novela en torno a un asesino serial contemporáneo, y para eso ha emprendido la travesía del caminante que avanza sobre un territorio nevado y que, a su paso, deja huellas futuras. Son dos las marcas más evidentes señaladas por el autor desde el título y los epígrafes: a partir de las referencias a Baudelaire y del párrafo de una canción de la banda británica Bauhaus, la novela propone desandar la lectura hacia los senderos de la melancolía y de los paisajes rotos. Y es en esa huella, la de los espacios que la modernidad ha jodido, donde el libro encuentra su territorio de ideas. Esta no es una novela policial que busca un móvil o develar qué hay detrás de los pensamientos de un asesino. En Yo soy como el rey…, lo que importa es el lugar donde suceden esos pensamientos de muerte: los golpes letales al mundo entran en gestación mientras transitamos por los aeropuertos.
Asentada sobre una arquitectura formal que retoma los elementos del género policial y que intercala diferentes registros —la historia se narra desde la voz del asesino y los fragmentos de crímenes pasados, entre otros recursos—, el entramado de ideas de esta novela parece atravesado por las marcas del ensimismamiento gótico. Aquella herida abierta con el surgimiento de un estar otro en la ciudad. Como lo ha señalado Carlos Aletto, la referencia al poema Spleen y otros guiños a Baudelaire presentes en el libro introducen en la historia el tono de esa clase particular de melancolía, quizá expresada en una figura, la del rey melancólico “que no gobierna, contempla, asiste a su propia decadencia”. El spleen es, también desde Baudelaire, una forma de melancolía que se filtra en silencio entre las personas que, desde hace siglos, habitamos ciudades acechadas por los descartables de la cultura del capital. Melancolía, también aburrimiento. Y el asesino de esta historia se aburre, tal como sobreviven al hastío los villanos reelaborados en algunas historias de fan fiction desde su faceta de cansancio. El asesino de esta novela aparece, en efecto y de la misma manera que lo proponen las reescrituras del mundo Marvel, como ese villano que es una bestia y cuyo cuerpo le es ajeno. La bestia condenada a moverse dentro de las cuatro paredes de un físico que incluso camina por sus propios medios hasta salirse de control —“a veces pasan días, incluso semanas enteras en que la bestia no se acerca, no toca mis dedos”; “¿Descansa? Son días en que los contemplo con admiración (y, de algún modo, me contemplo a mí mismo con admiración”—. El asesino de este país lluvioso se mueve entre el mundo real y el imaginado; entre ese sujeto que podemos cruzar por la calle y el hombre villano de película, animalizado —“cuando la bestia se mira al espejo no se mira: ve otra bestia”; “otra bestia que lleva una de sus patas, una de sus pezuñas a la boca, y la mordisquea y juega con ella y de pronto cree que hay otra bestia también llevándose una pezuña a la boca y mordisqueándola, muy cerca”—. A partir de ese gesto que cruza lo humano con lo animal —y al sujeto con el personaje del villano—, la novela retoma la batalla política que la literatura viene presentando al avance de las facetas resplandecientes de la modernidad que nos aturden, que nos dejan ciegos. Y en esa conversación con los géneros también, como lo señalan algunas lecturas al fan fiction, aparece una discusión a la reproducción desenfrenada de mercancías irrelevantes que se expanden desde la industria y que saturan a la cultura de desperdicios enlatados.
La piedra basal de Yo soy como el rey de un país lluvioso, sin embargo, acaso no está compuesta de aquello que le sucede a la bestia —lo dicho, el mal del hastío; acaso el motivo por el cual este asesino, aunque alcanzado por la atmósfera de melancolía, nunca deja de ser un personaje oscuro frente a nuestros ojos—. Lo relevante aquí es dónde ocurre ese encadenado de días de aburrimiento. La bestia de esta historia se aburre en los aeropuertos. En el artículo “Semiótica del ritual territorial contemporáneo en los aeropuertos”, Alexander Mosquera recupera la ya instituida lectura de Marc Augé, que a comienzos del nuevo milenio definió a estos espacios como no-lugares, síntoma de los nuevos tiempos. Mosquera avanza en torno a este concepto y, en la clave de autores como Víctor Turner, propone pensar los aeropuertos como lugares donde las personas entran en el territorio del mundo en suspenso. En el aeropuerto, señala, no se ha salido del espacio propio —donde se descansa en la seguridad de lo conocido—, pero tampoco se ha concretado el pasaje hacia el universo de lo ajeno —ese territorio que puede ser tratado sin reverencias en tanto se integra de aquello que no conocemos—. En ese sentido las estaciones de espera de los aviones, dice el autor, conforman un espacio liminar que, en tanto interregno entre lo conocido y lo extraño, resulta en un lugar desprovisto de las estructuras que, en otras circunstancias, las personas sí reconocemos. El aeropuerto escapa a todo vestigio de orden, de jerarquías, de rangos, de privilegios que sí están presentes en nuestro territorio real. La estructura de Yo soy como el rey intercala sucesivos pasajes que transcurren en los aeropuertos de Buenos Aires —se repiten los capítulos titulados “Aeroparque”, “Ezeiza” como una espiral que vuelve todo el tiempo— y es allí, en esa zona narrativa, donde la voz del asesino susurra el devenir de sus pensamientos. Acaso debido a esa precisa ausencia de estructuras, en los aeropuertos entra en combustión el costado animal, villano, el lado Marvel del asesino —“Al acercarme a Ezeiza, yo imaginaba que mi organismo era el de un villano que estaba ingiriendo o comenzando a asimilar ese néctar, esa ambrosía que lo hacía, si no inmortal, mucho más fuerte; que lo hacía sentir mucho más vivo que de costumbre”—. La novela de Edgardo Scott toma prestados los materiales del muro de las escrituras de un mundo moderno y pasado para volver sobre la idea de que las bestias están sentadas en las salas de espera, en las más comunes de nuestras circunstancias, sacando partido de cada intersticio, de las estructuras de cemento en las que, aun sin saberlo, apenas sobrevivimos.

Yo soy como el rey de un país lluvioso
Edgardo Scott
Interzona
2025
224 pp.


