Memoria íntima y tragedia histórica se cruzan para pensar el exilio, la herencia y el olvido como territorios en disputa. A partir de la figura del padre -marcado por la persecución en Chile, el desarraigo en la Patagonia y el avance de la demencia-, Natasha Esteparia reconstruye una historia familiar atravesada por las dictaduras y convierte el recuerdo en un acto de resistencia. Insistir en nombrar, en fijar lo que se desvanece.
Escribir un poema
para odiar lo que corresponde,
para ser el río
que eternamente vuelve;
para refugiarse del amor
que pernocta en el suelo.
Escribir para ser con los olvidados,
para abrazar un número
hecho nombre y estrella
entre los residuos del mundo.
Mi padre llegó al país el 16 de marzo de 1976, con la atmósfera ya cargada, como una mueca perversa del destino, como marcando la circularidad del terror que se desplegó en toda la región. Llegó ya sintiendo el viento que aquí curte la piel y templa el carácter. Vino con casi lo puesto, algo de ropa en una maleta, el peso lo llevaba en su interior.
La Patagonia, para muchos un desierto muerto, se convirtió en anclaje y reinicio. La hermosa estepa que como una pesada lengua viste el paisaje, se convirtió en refugio ante el desplazamiento. Los álamos, guardianes solemnes, son conocidos por ayudar a menguar la fuerza del viento sobre los cultivos, la misma fortaleza de mi familia ante la incertidumbre.
Al tiempo, llegó mi familia. Mi padre los esperaba, todavía buscando un trabajo. —Aquí no recibimos comunistas— le dijo un cura al pedirle ayuda.
Los años siguientes estuvieron marcados por tiempos de necesidad, lidiando con el peso del desarraigo, la distancia con los demás familiares y compañeros que quedaron en Chile.
El olor a kerosene de la estufa conteniendo el frío. De trasfondo, los años de la dictadura militar argentina, el vivir bajo la represión, el miedo, el horror subterráneo dominando.
Ahora veo las manos de mi padre, arrugadas y curtidas de años de trabajo sacrificado. Las mismas manos agrietadas con las que, no hace tanto, tocaba la guitarra, las mismas con las que escribía sus cartas estando detenido, cartas a mi madre que intercambiaban entre la comida. Mi madre siempre lo esperó y acompañó estoicamente.
En una de las arrugadas y amarillentas cartas: “quiero que estés preparada para cualquier sorpresa. Tómalo todo con frialdad porque así son las cosas”.

Desde chica escuché de boca de mi familia el recuerdo de septiembre de 1973. Chile… suena Radio Magallanes, 09:10 hora local y la voz de Salvador Allende resonando por el aparato:
El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse…
Después a los días las requisas, los libros enterrados en la playa, libros que en este momento deben estar hechos uno con el mar.
—Recuerdo cuando nos arrojaban brea sobre la casa —cuenta mi madre—. Después, una cruz con pintura roja sobre la puerta.
Mi madre fue la única en su barrio que no quiso izar la bandera chilena en las casas tal como dictaron los militares.
*
Hace tiempo, en un día otoñal, a mi padre le diagnosticaron demencia. Mientras el neurólogo hablaba, pensaba en lo paradójico de la memoria, tan anclada en el pasado y frágil en el ahora. ¿Algo del trauma vivido será responsable? Los estudios mostraron microinfartos en el cerebro, envejecimiento…
Uno de los síntomas de la demencia es el olvido, y curiosamente este se hace cuerpo en la memoria. Recordar como un ejercicio constante de existencia que resiste. Las frases que se repiten, las fechas que siempre retornan, las imágenes omnipresentes.
Estando detenido en el estadio, mi padre ayudaba a mantener el ánimo entre sus compañeros cantando, entre la frialdad y suciedad del lugar. Tiene una hermosa voz de tenor, estudió música siendo joven. Aún tiene sus viejas partituras, las cuales solía hojear antes, amarillentas y algo resquebrajadas. Si alguien me pregunta qué es ser estoico pienso en esa imagen. Pienso en cómo mi papá con su canto ayudaba a resistir, mientras yo trato de hacer lo mismo con la escritura, forjando memoria. La creación como terreno de disputa ante la muerte y la incertidumbre.
Entre tanta canción está Amapola, de José María Lacalle García. Se la suele cantar a mi madre. Hace mucho no la canta. Me pregunto si alguna vez volverá a hacerlo.

Y mi padre olvida pero la memoria la guarda en el cuerpo.
Cómo hija de una frontera, la resistencia ante el olvido me atraviesa como una corriente eléctrica. Un lugar que puede ser extraño y doloroso, lleno de porqués y de qué hubiese sido si. De crecer con las historias llenas de injusticia y sufrimiento.
Sostengo que hay veces en que el olvido simula ser un placebo ¿Qué ocurre cuando este se trata de imponer como una verdad? ¿Qué sucede cuando contar la historia significa la posibilidad de supervivencia?
Soy testigo de la historia de supervivencia de mi padre y mi familia, ya que su historia me atraviesa y sustenta gran parte de mi subjetividad. El desarraigo se construye como una profunda red. Sostiene. Retroalimenta una nostalgia extraña y perenne.
Cuando era chica, durante mi niñez en los 90, podía mirar durante largo rato las viejas fotos de mi familia, como buscando algo más ¿Cómo sería esa vida anterior al exilio? El trabajo truncado de mi papá, la niñez interrumpida de mis hermanos, la fortaleza aguerrida de mi madre. Por esa misma época donde los fines de semana iba a la plaza a jugar con mi papá, algo que esperaba con ganas porque él trabajaba toda la semana.
Entonces escribo como una forma de atestiguar lo que otros callan y lo que tantos no pueden decir. Atestiguar nombres, rostros, historias. Devolver dignidad. La misma dignidad que se devuelve a las víctimas de la dictadura cuando se hace justicia. Me interpela como heredera del exilio, me conmueve con la fuerza de la soledad patagónica, la fuerza de una raíz de alpataco que se aferra a su tierra.
Todo se entrelaza, como las notas musicales de Amapola, entre las ruinas de la memoria pasada y presente. Lo que no hay que callar, lo eternamente vivo. Por eso prefiero, infinitamente, la palabra resistencia que la palabra resiliencia. La resistencia del deber ante la vida y la vida de otros, ser con otros, esa es la cuestión. Ser como el río que siempre vuelve, como el río que irrumpe, el mismo río que mi padre nadó durante años.
[El poema que abre este ensayo es de la autora.]


