Ensayo por Adrián Minzi. A partir de De a montones llegan a escucharse de Juan Ignacio Pisano y El congreso de futurología de Stanislaw Lem, Adrián Minzi traza un recorrido por futuros que hablan del presente. La ciencia ficción como espejo político y existencial: la realidad es una fantasmagoría administrada. ¿Qué de lo humano persiste bajo capas de apatía, consumo y control?
Si pudiéramos habitar un presente no atado a necesidades permanentes, y pensar (algo que en breve quizás nos prohíban), como si fuera una creativa herramienta para cubrir el tiempo de sobra, fantasearíamos con el futuro de nuestras vidas en un corto o largo plazo y proyectaríamos el tiempo hasta una sociedad sin nuestra presencia.
Siguiendo la creatividad uniforme de los medios de comunicación actuales, podríamos imaginar muchos de nuestros inútiles, pero imperiosos para la nueva supervivencia, «deseos» tecnológicos cumplidos; donde la ciencia y la tecnología se expanden e imponen a su antojo, al punto que directamente ellas mismas predicen su futuro con impresionante probabilidad, rozando lo unívoco y acabando con el misterio de la vida.
Una década muy interesante para escribir y leer libros sobre el futuro, entre otras cosas, fue la década del 70. Grandes y trágicos exponentes estuvieron en esa época en todo su esplendor: J. G. Ballard, Philip Dick y Stanislav Lem, autor de la égloga a continuación citada, entre otros. Una época en donde «nos dimos cuenta» que ni los hippies, ni comprar electrodomésticos, ni fumar porro y estar de LSD todo el día nos iba a salvar. Que la sociedad en la que vivimos no es una lucha entre buenos y malos, sino una fantochada en donde cada punto de vista está dictado por un medio que bombardea permanentemente para consumir aleatoriedades a cambio de entregar fragmentos de vida. Donde todo tiene un valor material. A cambio de parecer más vivo que el de al lado. Mientras tanto, se regala poder a quienes creen salir beneficiados con la quimera, solo porque conocen y manejan algunos puntos oscuros y pueden andar en un Dodge en Miami. Nos dimos cuenta…
En la novela El congreso de futurología (1970, reeditada por Interzona en 2014), Lem describe un doble futuro o futuro al cuadrado. El protagonista atraviesa dimensiones de sueño-vigilia en un viaje a un mundo incomprensible que no es más que el futuro de su propia civilización. En su presente: bombas que caen desde aviones, un gran aparato represivo con inmanentes tintes suicidas, extrañas sustancias que hacen amar con locura a los demás (muchos no llegan a soportarlo, sobre todo los miembros del citado aparato represivo que nunca habían sentido algo parecido), y científicos discutiendo sobre el futuro del futuro, en su propia enajenación mental (y no psicotrópica), como si no existieran ni pudieran distinguir del paisaje natural a los muertos que caen cada vez más cerca. Mientras el lector todavía no terminó de entender ese tiempo, el protagonista ya viajó a un nuevo futuro del futuro.
En ese segundo futuro, tan incomprensible como el primero, el leitmotiv es una sociedad que tiene todo lo que puede tener y aún así no puede desprenderse de lo que genera en su cerebro lo malo y lo molesto. Esa faceta puede ser parcialmente erradicada, o mejor dicho, ocultada; y claro, hay drogas que lo reprimen, pero la búsqueda sigue. Una búsqueda (permítanme la licencia) de lo verdaderamente humano. Aunque nadie sea consciente de eso. Al mejor estilo de las pastillas de Soma que toman los habitantes de “Un Mundo feliz” de Aldous Huxley (1932) que dan una supuesta felicidad, pero insuficiente. En este mundo de Lem, hay todo tipo de pastillas, no solo de la felicidad, sino de lo que sea que se desee. Y aún así, hay personas que se juntan clandestinamente en lugares de filas infinitas en donde solo esperan, o se suben, sin motivo conocido, a colectivos para sentirse apretados con otros y “molestos”. La “felicidad” no alcanza. La “felicidad”, los “deseos” no son la búsqueda humana per se. Al menos no cuando son presentados como un producto de consumo.
Finalmente, entendemos que la realidad es en realidad una fantasmagoría. El manto visible de la naturaleza es una reproducción de un pasado que ya no existe o nunca existió y por debajo de él, para los pocos contados con los dedos de la mano que llegan a retirarlo, se vislumbra un paisaje viejo, obsoleto y muerto. El ser humano se niega a dar un paso al costado y aceptar su propia destrucción como parte de la historia del planeta, de la vida. Parece más dispuesto a que lo único que sobreviva sea él, o sus vestigios, aun cuando sus consumos y la materialidad percibida sean una ilusión. Pero bueno, al final de cuentas, qué es la ilusión y qué es la realidad.
En De a montones llegan a escucharse (Evaristo, 2025), el autor argentino Juan Ignacio Pisano, continúa la saga en el universo de sus anteriores novelas y nos para en el futuro distópico de un país, ciudad, o mejor aún, un pueblo sin nombre más que un adjetivo (Ciudad Alta), en donde se cuentan leyendas sobre un superhombre, o villano para el poder de turno, con poncho a caballo acompañado por otras dos rebeldes que viajan en un falcon rojo descapotado. El protagonista es un hombre de las fuerzas del orden, adoptado de niño por un ministro militar de marcado poder y que en ningún momento de la novela se comunica de manera directa con él. Su padre biológico es una figura que ha desaparecido de la sociedad estructurada y reprimida, subversionándose al régimen y uniéndose a los antihéroes que buscan destruir ese orden estático y censorial impuesto en ciudades, tan aisladas como lo son sus propios habitantes; en donde los militares tienen la libertad de destrozar familias enteras a fuerza de tiros sin justificación aun si sus víctimas están desarmadas y son niños o bebés (¿les suena?). La novela se inicia a partir de una carta desde la clandestinidad. Llegarán más y dialogarán con el protagonista, mientras intenta encontrarse consigo mismo y su propia identidad. En un ambiente donde se siente la angustia y pesadez del aire, con esa voz paternal subrepticia que lo acompaña, lo entiende y apoya, a pesar de los pecados que carga, guíándolo a que escuche el llamado y decida, mientras su pecho se agrieta y apelmaza a punto de explotar. No parece ser solo él quien lo siente. De a montones.
La ciencia ficción, entendida como género en donde transcurren mundos paralelos, tiene en el presente que vivimos, a nivel mundial y sobre todo en Argentina, una hermosa oportunidad para ser, una vez más, revitalizada. Releída con autores y pasados aparentemente no relacionados con nuestra geografía, así como con nuevas obras contemporáneas que nos llegan de nuestro propio presente y espacio. Despegarse transitoriamente de los lugares comunes y las repeticiones exhaustivas que llegan por las distintas ramas de cerrazón mental que nos aprietan y se presentan como (falsamente) ineludibles, plantean una oportunidad de (re)leer nuestro presente y pasado.
En ambas novelas, el pueblo parece dormido y lo que se le oculta delante de sus mismísimas y estropeadas narices, es algo bastante tenebroso.
Sin embargo, el ser humano, el pueblo, emerge, quiérase o no, y su angustia es un caldo de cultivo imperceptible debajo de la aparente desidia, encabezando los deseos de transgredir para romper y resurgir de su propia naturaleza, en muchos casos, aún inexplorada. Aunque eso pueda significar su propia destrucción y/o renacimiento. Aunque parezca que nunca va a ocurrir y que todos alrededor están hipnotizados, bizcos o dormidos. Hay algo más detrás del velo.

De a montones llegan a escucharse
Juan Ignacio Pisano
Evaristo
2025
155 pp.

El congreso de futurología
Stanislaw Lem
Traducción de Bárbara Gill
Interzona
2014
128 pp.


