Reseña por Rocío Kiryk.Traducido por Irina Bogdaschevski y Fulvio Franchi, el volumen que publica Partícula Editorial reúne el ensayo autobiográfico Mi Pushkin (1937) con una antología poética de Aleksandr Pushkin, Mijaíl Lérmontov, Vasili Zhukovski y Marina Tsvietáieva. Más que un retrato del poeta nacional ruso, el texto de Tsvietáieva reconstruye su propia educación estética donde los tamaños, los colores y las jerarquías del espacio dan lugar a una reflexión sobre la literatura, la nación y el destino.
Mi Pushkin empuja a pensar que la vida no siempre es contada por el cúmulo de datos informativos de un ser humano en su paso por una geografía y un tiempo. La vida en Tsvietáieva es una organización de formas, colores y posiciones desplegadas en el espacio. Incluso puede pensarse como la justificación situada de un programa estético. En el inicio desliza su estrategia:
“En el cuarto rojo había un armario secreto.
Pero antes del armario secreto estaba el cuadro en el dormitorio de mi madre — El duelo.”
Planos, colores, posiciones. El texto avanza como una serie de reencuadres: del plano general del cuarto rojo al detalle del armario secreto, para desplazarse luego hacia el cuadro y volver finalmente al dormitorio materno. La mirada se dirige del contexto a una cosa, luego de una cosa al contexto ordenando un dispositivo óptico que termina por añadir significado a los objetos. En ese movimiento parece encontrarse la posibilidad de desdecirse, podemos mirar, mirar a otro lado, decir, volver a decir. Ya en el cuadro, el poeta, Pushkin, es retado a duelo por Dantés, el militar, que lo mata. Allí Tsvietáieva observa lo “blanco” y lo “negro” proyectado también en la habitación materna para luego asociar esa simbología con la estatua del poeta nacional en la plaza de la infancia.
Mientras explora objetos y espacios mide la estatua a partir de su posición respecto a otros elementos. Es así que la niña mira una muñequita que lleva a cuestas “blanquita” y “chiquita” que comparada con la versión de cemento “grande” y “negra” del poeta prefiere asumir el destino como una búsqueda de lo “negro”. Así es que fantasea con que lo negro es grande porque esa escultura permite desarmar la hegemonía del resto de colores y tamaños por su disposición en el tablero que es la plaza:
La estatua de Pushkin fue también mi primer encuentro con lo blanco y el negro: “fue tan negro! ¡tan blanco! — y como el negro resultó un gigante y lo blanco era una muñequita cómica, y como era imprescindible hacer una elección, ahí mismo y para siempre yo elegí lo negro y no lo blanco: el pensamiento negro, el destino negro, la vida negra.
La figura no organiza sólo el espacio visual sino también una jerarquía sensible. Escena que hoy puede dialogar quizás con Figuras de la historia de Rancière: los habitantes de la ciudad conviven en la misma imagen con los “grandes”, aunque sea por efecto —estar en la foto no quiere decir formar parte del acontecimiento de los “grandes”— pero habilita posiciones para imaginarse otro orden de, como dijimos, formas, tamaños, colores. Habilita que la estética y la realidad puedan disponerse a sus anchas según como se mire, se diga o se reparta lo sensible.
Entonces, la pregunta implícita, ¿quién decide si el centro es la muñeca o la estatua?, puede extenderse desde la decisión de colocar la figura de Pushkin en un lugar público para el pueblo soviético y pensar: ¿Por qué leemos lo que leemos y no otra cosa? ¿Quiénes y por qué ocupan el centro y la periferia de nuestra atención?
Es así que Partícula Editorial nos acerca a la construcción de la literatura argentina como lugar propio-impropio. Este en su vínculo con las migraciones tiene su fundación mítica con el encuentro y la traducción de Piñera-Gombrowicz. Y en ese legado, se puede percibir en esta compilación de literatura rusa una identidad literaria de una comunidad emergente, muy distinta a la de un mercado mainstream que subsume su agenda a ciertos preceptos del marketing del momento. Si bien esta mediación de la literatura es sumamente más institucionalizada que la nombrada, sí retoma el gesto de lo Otro incorporado a lo Propio sin ser una aculturación de asimilación lisa y llana de prácticas de dominación cultural, por el contrario se ve enriquecida con el azar de las migraciones que trae a la rusa Irina Bogdaschevski a una cátedra sobre literaturas eslavas de Letras a la cual acercará sus lecturas natales.
El cuadro, el cuarto, el armario. Diez páginas después finalmente retoma el enfoque en el armario del cuarto rojo. Ese objeto guarda la obra completa del poeta. Las imágenes del cuadro primero construyen los sentidos vinculados al negro y el blanco, mientras que el texto a la espesura del rojo: el amor trágico de Aleko por Zemfira en la poesía de Pushkin. De alguna manera podría pensarse que el entendimiento del mundo en Tsvietáieva traspasa primero por lo concreto: lo espacial, los colores, tamaños y luego por la experiencia humana más simbólica. Lejos de desdeñar una experiencia estética respecto de la otra, el ensayo de la autora parece ubicar cada hallazgo sensorial en el azar de la realidad dispersada en cada cosa que la rodea.
Como todo texto decimonónico, este también tiene una misión estética por consolidar una identidad nacional. Es así que en la publicación aparece no sólo la figura de Pushkin, sino su poesía, en la que trata de caracterizar al pueblo, y al igual que en la elegía del gaucho, acá estará la del gitano. En la misma clave de inversión de nuestra civilización y barbarie está la antología anexada al ensayo principal, en la que Pushkin narra la desventura de Aleko, un gitano que mata a su mujer y a su amante. El protagonista es desterrado por su suegro porque como le dirá: “Somos salvajes, no tenemos leyes/ no torturamos, no ejecutamos/ no necesitamos sangre, ni lamentos”. Pasaje que marca que en esta oda el asesinato solo le corresponde al orden. De nuevo aparece la organización azarosa de las jerarquías. Excepto por “las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”, estamos ante un Martín Fierro ruso. La ley y la masculinidad fundan dos patrias literarias; la argentina y la rusa, erigiéndose de gran tamaño en los versos para ocupar espacio (sea en una tirada editorial o en una plaza, con la estatua de un poeta). Quizás sus diferencias se encuentran en que MF tiene el tono llorón de la queja: de no ser por el dueño del campo, él sería libre y feliz. En cambio, la patria errante de Aleko cree que “En todas partes las pasiones son funestas/ y no hay protección contra el destino”. Acá hay un espejo, que nos puede cambiar lo que venimos viendo en nuestra estética de la patria. Quizás Bogdaschevski nos acercó una parte del rompecabezas que nos faltaba para mirarnos. El destino, la tragedia y el absurdo como una constante que no puede evadirse imbricadas en lo Propio y lo Otro. Las penas son parte de la desgracia misma de existir, y no sólo la disposición de las piezas en el tablero, como esboza Tsvietáieva, en “un monumento al amor filial”.

Mi Pushkin
Marina Tsvietáieva
Traducción de Irina Bogdaschevski; Fulvio Franchi.
Partícula
2026
136 pp.


