En abril se presentó el primer libro de Rocío Kiryk (Villa Tesei, 1993), publicado por la editorial Media res. El poeta Sergio Felipe Mattano leyó este texto a modo de presentación. El poemario plantea, en sus palabras, una ética de la pérdida: lo personal, temático, se acompaña de elipsis, encabalgamientos, descentramientos sintácticos y agenciales: una especie de extrañeza por sustracción que da cuenta de las capacidades del verso en nuestro tiempo.
Robo malamente al Byung-Chul Han de los artículos sobre la crisis de la narración: el fin de los relatos que enmarcaban a la sociedad provoca una crisis identitaria de la humanidad. Ya por acción u oposición, las grandes narrativas declaraban un horizonte, una utopía, un Más Allá, pero fundamentalmente un Desde, un fundamento, una pertenencia en común (la urdimbre, el micelio social). Dicha narración en crisis (de carácter colectiva, comunitaria) ha sido desplazada por «nuevas narraciones sagradas» de carácter individual: el protestantismo y la new age: la idea de una relación directa con el Dios, deidad o Creencia donde aparentemente no hay mediadores ni interpretaciones canónicas; donde El Ser Esencial Universal (Dios, Placer, Paz, Equilibrio) existe dentro y no fuera de sus («su», no hay -ismos, sino -istas) creyentes: ir a Dios es asumir que se va hacia sí y la realización no es el Reino, la Comunión, sino el Éxito, la Particularización.
En esta inteligencia comercial, la poética del yo (manierista de los contemporáneos éxitos literarios en general) abunda en un acto de auto indulgencia, declamación de resiliencias y búsqueda nada disimulada del eslogan para el rótulo de Instagram o el sobrecito de azúcar digital que prefiera el lector-consumidor (¿terapiado?), donde el Otro es comentado o percibido como Ajeno (aún en las reivindicaciones lacrimógenas socialdemócratas/bienpensantes en las que abundan), una estética y ética del coaching ontológico derramado en formatos literarios.
Frente a esta operación que llamaré “poesía selfie” (para no bautizarla con algún fenómeno meteorológico rioplatense), Mantis muere nos propone una poesía panorámica donde el Yo poético se demuestra atravesado por la Otredad, experimenta un desasosiego frente al vacío existencial asumiéndolo como parte constitutiva del Ser y reivindica en ese acto una identidad colectiva común a la especie: una arqueología que es, a su vez, deontología de la Pérdida.
*
El poemario se abre con dos textos que fungen declaraciones de origen, manifestación y contexto poético. Los versos encabalgados del primer poema exponen:
lo que puede decir de
un verbo requiere decir
y los dos de cierre:
por debajo una reforma
no requiere argumentos
La tautología inicial tanto como la sentencia final, explican un Arte poética del libro y de la poeta: aquí se dice diciendo, aquí se dice rompiendo desde abajo (el hondo bajo fondo / donde el barro se subleva) sin la especulación literaria que se menciona en el sexto poema:
los nuestros
están midiendo sentados
en el espacio de la hoja
las palabras
el margen y el centro
No sólo es una crítica a la pasividad de los “sentados” sino también al material sobre el que especulan: palabras, margen y centro: los tres percibidos desde una cómoda distancia o prepotencia que les habilita la mensura (de mensurar, no de menso, aunque a veces…) y la impersonalidad del verbo (“se les cae un gerundio de la boca”, espeta la voz poética luego de calificarlos como “otros que no son otros”).
Mantis muere, contrariamente, propone en el segundo poema una relevancia intrínseca de dicha marginalidad desde la elección lexical, destacada además por el quiebre del verso y su desplazamiento físico, para presentarla como “contorno”, dígase lo que rodea un eje, lo que abraza y marca el límite de algo constituyéndolo a la vez, concepto disruptivo a la oposición entre margen y centro.
es testimonio el
contorno
de una época
hacia desde
Otra vez la distinción: percibir (y ser) Otredad o Ajenitud. Y en este nombramiento se trasunta una historia y un proyecto, una política (en su sentido de orden y prioridad de la vida en común).
*
Estos primeros poemas, establecen un fundamento, un ideario y un punto de embarque del cómo, desde dónde y para quiénes se está poemando, como vimos, y abre paso a lo que hemos llamado una Deontología de la Pérdida.
La pérdida, en estos poemas, no se circunscribe solo a lo temático (muerte, falta, vacío) también se establece con los procedimientos formales: pérdida de referencias discursivas, encabalgamientos y pérdidas sintácticas, rupturas de sentidos, hendiduras de la continuidad dadas estas por el ingreso/presencia de discursos otros (cotidianos y académicos, argot y jerga: del usuario del enre, del héroe polaco, del tarotista, etcétera) que no están aclarados ni jerarquizados en la materia poética, despojándose de la concepción e interpretación unívoca, convidándonos a desconfiar del lenguaje, a navegar la confusión, habitarla de conjeturas y completar sentidos.
Lo que el poema 10 resume como “épica narración de derrota” (siguiendo en el formalismo, cabría leerlo como principio constructivo de Mantis muere) aparece en secuencias de campos semánticos inaugurados por “una cavidad en el principio” del poema 2 que es a la vez referencia al útero edénico que nos parió (pérdida original) y un anticipo del vacío existente al que estamos arrojados en nuestro derrotero posterior. El vacío, la pérdida, la derrota, se hace tangible en lo corpóreo (la boca y la percepción: moldadas, encía, plomo de sus muelas, dientes ausentes, “se les cae un gerundio de la boca / afean un poco más”, las cuencas que se hunden dejando “por ojos / dos agujeros”), lo territorial (“una mujer baldía”, “una casa sin pueblo”, “la plaza vacía”) y en lo vivencial (tanto mundano, como vincular e identitario):
el equipo pierde la libertadores
(...)
el partido votos
el amor se va
(poema 10)
una vez escuché
descartá a kiryk
y trato de borrar mi nombre
pero cada tanto
se resiste
(poema 11)
me dice que soy de agua
no tengo fuego
me pusieron rocío
me caen lágrimas
(poema 12)
the smell of death
is all around
(poema 13)
una mantis ocupó el patio
y también perdí
ese espacio
(poema 5)
Ninguna de estas pérdidas tiene solución ni atenuación, no hay expectativas positivas ni resilientes en su experiencia. Sí hay testimonio de pérdida, resignación y rabia ante lo fatal evidente y una voz poética humana tan atormentada o extraviada como quien lee anunciando “no sabe ser esa / la que sobrevive / la que se hace / espacio” (poema 9).
Esa Mantis muere que titula el poemario, refleja un morir en presente. La muerte es un estado continuo, no es un acontecimiento sino una ley: algo siempre muere, algo siempre se pierde, nada se recupera y ese vacío muta pero permanece siempre, no hay resiliencia posible, y todo promete ser peor aún, citando el último verso del libro, “nos desintegramos para morder vidrio”.
Finalmente, esa violencia íntima que prefigura la mantis (digo por aquello de arrancar la cabeza del extasiado amante), esta deontología de la pérdida que recorre el poemario, nos sugiere que no se trata de aceptar la pérdida, sino de no traicionarla con palabras de falsa sutura, con respuestas del ombligo: nos exige una pérdida sin redención ni retorno. Mantis muere. Poema muere. Idea muere. Interpretación muere. Todo, absolutamente todo muere. Esa certeza nos expone, nos vincula, nos devuelve la inexorable pertenencia común, nuestra identidad en la intemperie.
Moreno, 10 de abril 2026



